* La Extraterrestre

Por Gabriela (Gabba) De la Mora Peláez

Nunca me gustó sentarme cerca de los baños en los restaurantes. Me atacaban pensamientos paranoicos. Pensaba en los gérmenes, en partículas insalubres que flotan por el aire, se meten por la nariz, caen en el cabello, se quedan en la piel, contaminan los cuerpos, el entorno, la comida, la vida… Una obsesión – así le llamaba él – que me ha costado aniquilar.

Antes, cuando él se reía – risa tierna, cómplice, divertida – y por algún motivo nos tocaba sentarnos relativamente cerca del baño, yo simplemente no podía comer y a él le parecía adorable, parte de mi uniqueness, decía. Él, todo un caballero, pedía cambio de mesa y me decía: “mi Tontita, ¡tienes que comer!, es por los hijos que tendremos, quiero un Emilianito fuerte en cuanto nos casemos…”

pero eso era antes…

…antes de que la risa fuera burla, humillación, y yo le pareciera una vergüenza que desataba su furia, sus reproches e insultos. Cuando dejé de ser “su Tontita”, para ser “la loca esa”, e incluso una completa estúpida, como me llamó cuando me sacó del baño del Prendes, mientras lavaba mis manos, por segunda vez – aunque él sabía bien que lo correcto son tres – me apretó el brazo y, con la mandíbula trabada entre dientes, murmuró: es-tú-pi-da.

Tengo que admitir que usar baños públicos es muy difícil para mí, y lo evito hasta que sea ineludible, pero tomo todas las

precauciones posibles, porque todo ahí es asqueroso, aun cuando intentan engañarnos con olor a limpiadores, aun cuando se vea mentirosamente impecable. Justo como él, mi exmarido: ungido de sus trajes de diseñador, sus corbatas finas y sus lujos

inevitablemente, nos contaminamos por culpa de toda esa gente que no se lavan las manos, que salen de la oficina, se tocan la corbata, se alisan las faldas, se tocan entre ellos, se sientan en sillas inmundas, contaminan nuestras vidas y se atreven a comer mientras respiran aromas deliciosos, pero se impregnan de toda esa porquería.

Contradictoriamente, mientras practico el ser invisible y bebo café, de sólo pensar en esos olores, salivo, y un recuerdo lejano me sacude como un bofetón: comida árabe corriente, un menú chino grasoso y un pay de manzana frito: comida barata, como para saciar el hambre de tres personas. Recuerdo haber pedido todo para llevar, porque la vergüenza de que un montón de desconocidos, disfrazados de oficinistas, me vieran comer en tales cantidades, era incluso peor que el asco de compartir con ellos una mesa en el área de comida rápida.

Atraqué TODO, escondida en mi impecable camioneta, en el último piso del estacionamiento del centro comercial, y con una voracidad desconocida para mí. No entendí que mi cuerpo me anunciaba a gritos que estaba embarazada por primera vez: la primera de cinco. Y tampoco podía imaginar que mi cuerpo me traicionaría todas las veces y nunca podría ser llamada mamá… No, no hubo ningún Emilianito.

Presiono mi taza de café para alejar el doloroso pensamiento, mientras recuerdo que eso fue antes, en aquella otra vida, cuando pensé que sería feliz, que tendría hijos perfectos. En donde yo era perfecta. Hoy me parece que eso le pasó a otra persona.

Eso sí, ya no soy aquella. La terapeuta me dice que tengo que encontrar a mi “nueva yo” y, por eso, día con día, trabajo en reinventarme. Cada día destrozo mis costumbres, me desintegro, me borro poco a poco, me asesino lentamente y todas las veces que sean necesarias para dejar de ser “esa” Pero aún soy sólo nadie; pero ser nadie es mejor que esa: “la Loca”, la defectuosa, su esposa.

Quiero ser ésta nadie un tiempo. Disfruto de esta suerte de invisibilidad que permite este estadio intermedio, cuando logro controlar la ansiedad y experimento cosas nuevas. Justo como ahora, que me atrevo a sentarme sola, en un restaurante al aire libre, a tomar café y a estar sentada cerca del baño. Eso sí: nunca, nunca de frente a las puertas, sólo en un ángulo en el que pueda dominar quién entra y sin que sea yo lo primero que distingan al salir.

Es sencillo pues, en este afán de ser invisible, he descubierto que a la mayoría de la gente le da pudor que la vean salir del baño. Tratan de pasar desapercibidos, no hacen contacto visual, ven por arriba de las cabezas de los desconocidos, como si buscaran a alguien, y salen lo más pronto posible de donde orinaron, defecaron o incluso algunos, hasta se masturbaron…

¡cerdos!  – como mi asqueroso marido… OK: EX, exmarido – Salen del baño como se sale de un hotel de paso: aceleran, se avientan al arrollo, sigilosos, rápidos, escurridizos, tímidos pero liberados; tal vez hasta orgullosos, como él lo hacía antes de ser yo su viuda.

Nunca sabré si lo hacía por vengarse de mí, del “defectito” de no poder ser madre. Aunque he pasado noches enteras pensando que me “descompuse” por culpa de toda la inmundicia que trajo a mi casa, después de revolcarse en esas camas nauseabundas, en esos cuerpos repugnantemente impuros y después venir a tocarme, a ensuciarme. No hay agua, jabón o Lysol suficientes para limpiar un solo momento en esos hoteluchos.

Presiono mi taza de café entre las manos, estoy por dejarme ir en este tobogán de ansiedad y sucios pensamientos, pero siento un escalofrío. Otro bofetón que me trae a la realidad. El dolor quiere abrirse paso por mi mente y desgarrarme, como cuando se descorren de golpe las cortinas de una ventana aún soñolienta.

Pongo atención: todo lo provoca el pequeño parado justo frente al baño. Calculo debe tener por ahí de cinco años y está solo. Desde mi rincón invisible busco con quién viene. No veo a nadie alerta, nadie lo observa o cuida.

Mi enojo por la negligencia ajena hace a un lado la amenaza. Veo cómo, con su manita derecha, presiona el pantalón para no orinarse, mientras sus Converse verdes bailan discretamente,

al tiempo que mueve el dedito índice de su mano izquierda frente a su cara.

Descubro que dibuja en el aire las letras de las puertas del baño. Primero la hache. Parece enojarse o desesperarse y hace cara de no entender nada. Me divierte su expresión. Presiona más fuerte con su mano hasta casi cerrar el puño lleno de mezclilla. Rápidamente traza la eme, esa letra sí la conoce y sólo dice que no con su cabecita, parece dudar.

Sin pensarlo ya, camino hacia él. Una alerta se enciende dentro de mí. No debo perder mi capa de invisibilidad, pero no puedo evitarlo: él sufre y nadie más parece notarlo. Egoístas los que pasan por ahí, sólo lo esquivan. Ya estoy junto a él

– ¡hola!

saludo, parándome de su lado derecho

– ¿necesitas ayuda?

él sólo me ve de reojo, me ignora y alcanzo a escuchar el murmullo que, con sus labios apretados  carnosos y perfectos, parece murmurar

– mmmmmmmm ma mmmma-mmmmá

– ¿buscas a mamá? ¿está en el baño?

niega con la cabeza. Su baile se hace más marcado. Brinca hacia la izquierda y sigue con su dedito el letrero en la puerta del baño, dibujando en el aire  la letra “H”. Enérgicamente niega y borra la letra imaginaria, se desespera. Me clava los ojos, ya estoy frente a él, en cuclillas, para ponerme a su altura, esperando generarle confianza. Entonces me espeta:

– no quiero un baño de mamá, quiero un baño de papá,  ya soy grrrrrande

el bofetón de nuevo. Pero ahora no es un recuerdo específico. Es el dolor del anhelo perdido. Un huracán de ternura que quiere destruirme. Quiero abrazarlo. ¡Rápido, piensa algo! ¡No vayas a llorar! (y escucho un “Estúpida” desde el pozo que es mi cabeza)

– esta emmme no es de mamá, es una mmm de mmmarciano    ahí es a donde pueden entrar todos los niños que ya son grandes   y claro, también las marcianas

Espero un segundo a que me mande al carajo, pero no. Sonríe, me agarra del dedo y me jala. Siento un golpe triunfante pero ansioso al centro del pecho.

– ¿me ayudas?

pregunta, mientras se para de puntitas, junta las rodillas y tuerce los talones

caminamos rápidamente al baño. Dudo un segundo, antes de poner la punta de los dedos en la puerta, pero siento toda una vida de desesperación en la presión de su manita, y una yo, que nunca he sido, tal vez la “nueva yo” que quiere emerger, empuja la puerta con determinación.

Entramos, pongo una rodilla en el piso, le desabrocho el pantalón como si supiera hacerlo desde siempre y él entra, a toda prisa, dando un golpe en la puerta del escusado.

Veo un chorrito que moja en todas direcciones, al tiempo que parece descansar su alma pequeñita. Jalo la puerta para darle un poco de privacidad y espero que entre su madre, angustiada o furiosa porque una completa extraña llevó a su hijo al baño, lo tocó sin siquiera lavarse las manos y le bajó los pantalones. Pero no sucede nada…

nadie… tal vez también él sea invisible

Sería TAN fácil desaparecer con él en este momento: podríamos hacer una vida incorpórea, juntos y ser muy felices. Tal vez puedo disuadirlo fácilmente. Sacudo la cabeza para ahuyentar ese abismo, esa idea que me traga, ese hoyo negro.

Mi nuevo amigo sale del baño, me devuelve al aquí y ahora, le sonrío. Me pongo de nuevo a su altura para abrocharle el pantalón, mientras mi boca se abre para no gritar de dolor

– dile a tu mamá que una marciana buena te ayudó a ir al baño, pero que tiene que tener más cuidado, porque hay algunas que son muy, muy malas y podrías desaparecer.

Mis palabras parecen comunicarle peligro: hace un solo movimiento firme de cabeza, fija sus ojos en los míos, asiente y echa a correr. Se me escurre entre los dedos. Me deja con ganas de besarlo.

Me levanto y lo veo perderse entre las mesas hasta que se abraza a una mujer joven, muy delgada, guapa, con el cabello recogido en una pinza y lentes obscuros en la cabeza que ni siquiera voltea a verlo, sólo lo rodea blandamente con los brazos al él tratar de hundir la carita entre sus piernas.

De reojo, me busca para esconderse de nuevo. La madre habla efusivamente con la que imagino es su mejor amiga. Ella parece darse cuenta de que el niño no estaba por ahí desde hace mucho y busca rápidamente por el restaurante algo fuera de lugar, mientras la madre no para de hablar y agita la mano derecha en el aire. Su mirada pasa por encima de mí. Contengo la respiración, pero ella sigue de largo. Soy invisible. Lo logré… y me duele.

Agacho la cabeza y salgo rápidamente, a perderme entre la gente; como el coche que escapa del hotel de paso, acelero, sigilosa, rápida, escurridiza, tímida y me desvanezco en el inmundo arroyo. Siento venir muchas tardes de ansiedad, como tandas de múltiples bofetadas…

4 opiniones en “* La Extraterrestre”

    1. Felicitaciones Gabba, muy bien por tu excelente escrito Sigue así y enséñanos como se hacen las cosas ¡bien y de buenas! Te quiero mucho y principalmente te admiro. Hasta mañana, dulces sueños.

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