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Carlota Díaz García

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Carlota Díaz García (1884-1974), hija de Simón Díaz y de Adela García y madre, con Santiago Peláez Galán, de Juan Emilio Federico, Octavio, Leticia, Marco Antonio y Francisco Peláez Díaz, y antes, con un señor Jimenez Labora, de Enrique y Gudelia Jiménez Díaz, de los cuales sobrevivió sólo esta última.

Según las memorias de Antonio Peláez Díaz, su hijo:

«Don Simón [su padre], era el clásico mexicano, multi-familiar, macho e irresponsable, que llegaba a su casa a gritar, golpear y exigir sin haber dado, a veces, ni el gasto. Vivieron siempre precariamente, en Orizaba, Puebla y México, dependiendo, algunas temporadas, de lo que conseguían mi madre y mi tío Gildardo [hermano de Carlota], que eran los elementos ‘activos’, haciendo piñatas y juguetes en la casa, auxiliados por los ‘pasivos’, que eran mi tía Luz y mi abuela, que no se atrevían a salir a vender, por la vergüenza que ello les significaba. Así y todo, las dos hermanas pudieron formarse como maestras de ‘Elemental’, mi madre con notas extraordinarias.»

Diploma Carlota

Viviendo en Orizaba conoció a Santiago, quien se convertiría en su segundo marido. En 1906, Carlota era viuda y tenía una hija, Gudelia. Carlota y Santiago se instalaron en Nogales o Tierra Blanca y allí vivieron hasta el año de 1917, cuando Santiago decide refugiarse en Orizaba, huyendo de las huestes revolucionarias. Sin embargo, la estancia en Orizaba no duró mucho, puesto que el 27 de enero de 1919 iniciaron un viaje, para emigrar a Cuba, con toda la familia. El 11 de febrero de 1919 embarcaron en el vapor “Monterrey” de la compañía Ward Line.

Al llegar a Cuba, fueron recibidos por Flora, hermanastra de Carlota. El inicio de su estancia en la isla fue muy difícil. Con precarios ingresos, Santiago no lograba mantener a su familia y Carlota – guerrera nata- y su primogénito Emilio -igual a ella- trabajaron para completar el magro ingreso de Santiago.

Al cabo de unos meses, Santiago encontró trabajo bien remunerado y la situación de la familia mejoró sensiblemente, pero junto con el dinero, se produce una infidelidad de Santiago y, cuando Carlota lo descubre, le exige que compre los boletos, para regresar a México inmediatamente y junto con todos sus hijos, incluyendo a Francisco, quien había nacido en la Habana. el 31 de agosto de 1920, Carlota y sus hijos se embarcaron rumbo a Veracruz.

Santiago permaneció en Cuba hasta el martes 4 de abril de 1922, cuando regresó a México, pero Carlota ya no lo aceptó.

Con el transcurso del tiempo, Carlota «mujer admirable por el valor con que enfrentó los actos de su vida y su carácter férreo y dulce a la vez», hizo su mundo con sus hijos y su hermana Luz, en la ciudad de Córdoba, donde vivirían hasta el año de 1927, cuando Carlota decide emigrar a la ciudad de México, en donde Emilio ya se encontraba cursando la preparatoria, desde 1926.

Carlota y Emilio en 1927

Una nueva etapa de combate se detona en la vida de Carlota, pues tiene que mantener a sus hijos y a su cuñado Manuel, que se había entenado a la familia y a quien, por tener un retraso mental, nadie quiso ayudar, salvo ella.

Trabajando duramente y rentando cuartos, al estilo «casa de huéspedes», Carlota logra hacer que todos sus hijos estudien y llevar a Emilio hasta su graduación como Ingeniero topógrafo. La situación de la familia mejora sólo cuando Emilio empieza a ganar dinero y a mantener a la familia, permitiendo que Carlota dejase, por fin, de trabajar.

Enfrentando todos los incidentes de la vida, Carlota no volvió a vivir una penuria económica.

Allá por 1960, la recordamos viejecita y pequeñita, viviendo en una casona que Emilio compró en los años 50. En aquel entonces, vivía en esa casa con su hijo Octavio; con Albina, su compañera, de origen oaxaqueño y quien fungiría como su ayudante doméstica, y con Tita, su hija adoptiva.

En 1974, Carlota se fue de este mundo, dejando detrás de ella a una pléyade de descendientes que conservaron, todos, un recuerdo grato de ella.

Marco Antonio Peláez Díaz

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Marco Antonio, el del entrañable tiempo al que perteneció, al que se aferró con garras y ferocidad no vencidas

Marco Antonio, sexto de los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974), nació en la población de Nogales, en el estado de Veracruz, en México, el 17 de enero de 1917.

Sus hermanos, hijos de Carlota: Gudelia (1903-1988), Rebeca (1907-1908), Emilio (1908-2002), Octavio (1911-1964), Carlos (1912-1912), Leticia(1913-1967) y Francisco (1919-1951). También sus hermanos, hijos de Rosario Pérez Peláez (1897-1986): Olga (1921-_?_), Elsa (1924-_?_), Yolanda (1928-2011), Fabiola (1930-2013), Mireya (1932-1999), Marina (1934), Salvador (1937) y Ezquiel (1940).

En su vida, Marco Antonio fue llamado o conocido como Toño, Marco, Ingeniero, Antonio, compadre, Viejo y otros motes, apodos, alabanzas o insultos aquí obviados, unos por ignorancia u omisión y otros por recato.

Cuando Marco Antonio tenía dos años de edad, su familia, con él, se mudo de país – según puño y letra del que es motivo de este breviario biográfico – en un viaje que inició el 27 de enero de 1919, embarcándose en el navío “Monterrey”, de la Ward Line, el 11 de febrero siguiente, que finalmente los puso en el puerto de La Habana, Cuba, cuatro días después.

La misma familia – con un hijo más (Pancho nació en La Habana) pero sin Santiago, su padre, que distanciado de Carlota permaneció en Cuba – regresó a México el 31 de julio de 1920. Según las memorias de Marco Antonio, sabemos que el viaje de regreso, de Carlota e hijos a Veracruz, lo hicieron en la nave “México”, también de la Ward Line.

A su regreso de Cuba, Carlota y su prole – con los que Santiago se reuniría no más – se establecieron en Córdoba, en donde Marco Antonio cursó hasta el tercer año de primaria, ya que su madre, quizás siguiendo a su hijo mayor, volvió a levar anclas en 1927, llevándose el atillo con los suyos, esta vez en tren, a la Ciudad de México. Salvo en los periodos intermitentes en los que por trabajo, placer o aventura fue a otros lares, esa metrópolis sería el lugar en la que Marco Antonio habría de mantener su residencia y terminar sus días.

Por ese prodigio de memoria que le caracterizó, sabemos que su educación escolar fue, entre otras, en la escuela primaria “No. 90”, la secundaria “No. 1”, la “Escuela Superior de Construcción” y en el Instituto Politécnico Nacional, en el que completó sus estudios en el año de 1939, obteniendo de esa institución, años después, el título de Ingeniero en Estructuras. Cabe mencionar que, con un detalle asombroso, en las memorias que empezó a escribir por ahí de 1980 y en las que nos heredó la riqueza de sus vivencias, dejó escritos los nombres de sus compañeros de escuela y de trabajo, las ciudades y calles donde vivió, las actrices y actores, políticos, maleantes y benefactores de su época, haciendo pensar que a todas y todos los trajo en la piel, toda su vida.

Desde principios de los años treinta y hasta los ochentas del siglo XX, Marco Antonio trabajó quizás en todos los estados de la República Mexicana, para y con diversidad de personas, incluyendo incursiones en la autonomía, en una secuencia de variantes que parece haber obedecido más al azar que a plan alguno. Así él mismo recordó, entre más que aquí no mencionamos por brevedad intentada, entre aquellos con o para los que trabajó, podemos mencionar a sus hermanos Emilio, principalmente (e igual su mentor, rayano y antípoda, rencor y camarada), Octavio y Pancho, dependencias de gobierno y compañías constructoras varias, en algunas de la cuales fue copropietario.

En su vida de constructor, a la que su hermano mayor y el destino – por así llamarlo – lo incorporaron, Marco Antonio fue principalmente “caminero”. Los detalles y pormenores de su vida profesional han quedado en las memorias que escribió y a las que seguiremos haciendo referencia y utilizando en este sitio y experimento electrónico, que aquí compartimos con ustedes.

También detalladas están sus abundantes memorias amatorias, insertadas cuidadosa y cronológicamente en sus escritos. En el sinnúmero de amoríos y múltiples amores, Marco Antonio parece haber seguido también un derrotero fortuito, con un olfato para mujeres que él mismo evidenció, reconociendo que la trascendencia o intrascendencia de sus relaciones con ellas se debieron más a la suerte y acciones o desdenes de ellas, que a las de su propio y libre albedrío.

Así, dijo haberse enamorado perdida e irremediablemente de Berta Linares Tarango, “…amor que duró lo que una guerra…” (siendo esta la Segunda Mundial), pero del que, aún años después, dijo no haberse recuperado -, y luego contrajo nupcias con Josefina Olivares Piña (1921-2009), e hizo familia con ella y también con Alicia Parera Carrera (1924-2017), en una clandestinidad que acabó no bien, y con una simultaneidad de casi cuarenta años que, por común en su lugar y tiempo, por periodos pareció tolerada o hasta pasó desapercibida, pero no por eso dejó de ser controversial y lastimó a muchas y muchos, dejando surcos y estelas que más de uno siguen todavía tratando de remontar.

En orden cronológico de los nacimientos de sus sucesores, los Peláez de Alicia fueron Fernando (1945), Octavio (1954) y Adela (1957), y los Peláez de Josefina fueron Yolanda (1944), Patricia (1948) y Francisco (1949).

Antonio fue de su tiempo, y de lo que en él sucedió se nutrió ávidamente. De manera autodidacta, se aficionó a la historia de México devorando libros, con voracidad que le acompañó desde su infancia.

El de esta biografía acumuló un acervo cultural y un conocimiento de su país y su historia, que fueron juzgados por los que le estuvieron cerca como unos muy por encima de los de alguien razonablemente educado, pero que él mismo menospreció, con una modestia de dudable credulidad.

Sus lecturas y el gozo de algunas de sus vivencias y memorias, a diferencia de su carrera profesional o vida amorosa, fueron de su completa elección e intensamente deliberadas. De entretenimiento cautivante fue el oirlo platicar de sus gustos por lo que leyó o leía y por lo que vivió o vivía (esto último cuando la audencia fue de resiliencia y criterio amplios y tolerantes).

Entre las empresas que sí eligió, estuvo la de ser caballista en el Hipódromo de la Américas. Por ahí de los años sesentas; así, por nada más que por gusto, compró y también crió caballos así llamados pura sangre. Como la de ser contratista en los años 50’s, 60’s y 70’s, y las de terrateniente y casero en varias épocas, las empresas que emprendió se diluyeron en esa inhabilidad para conservar bienes que caracterizó tanto a él como a sus hermanos. Existe la posibilidad que, al contrario, estos hayan tenido la habilidad inescrutable de desahcerse del peso de haberes, para volar mejor…

Marco Antonio, amante de animales e innato labrador de cariños y bondad, pero también de escarceos amorosos, mantuvo una fidelidad (que no necesariamente dedicación) incorruptible e incondicional a sus hijos y amigos. Aunque quizás la máxima y confesa de sus fidelidades fue la incondicional que le tuvo a su madre, la única entre las mujeres en su vida (y no), de la que se sabe él estimó de inmaculada reputación.

Poseedor de miles de libros, sigue debatíendose si fue agnóstico, apóstata o incrédulo, pero selectivo fue con las supersticiones que eligió adoptar – creyente y buscador de las séptimas coincidencias, a las que se consideró sentenciado – Dió y bebió algunas hieles, mismas que llegó a rumiar; fue carismático como el que más y, hasta el final, amante de la música, el festejo y el buen vestir, comer y beber. Tahúr no pareció, pero jugador fue; de naipes, amigos y tabaco fueron muchas de sus noches y amaneceres, mientras tuvo qué apostar.

“… le aburre, sólo el humo del tabaco simula algunas formas en su frente…”

Marco Antonio fue un mestizo, amante de y amado igual por aborígenes, criollos e invasores, sabedor de mucho, capaz de repetir de memoria sus versos preferidos – la poesía fue compañera a la que sus amantes deben haber tenido envidia – que supo bien de dónde vino y, en ocasiones, pareció haber preferido no elegir a donde ir. Sus silencios llegaron a decir más que sus palabras; vivió los últimos veinte años de su vida sedentario, inconforme con la bocana a la que llegó el río, pero en un cómodo fatalismo, que para su suerte y por su habilidad de sustentarlo con la ayuda y el cuidado de quienes le rodearon, le dio también ratos en los que hasta un dulce le pareció “un poema” (murió siendo un declarado auto-diabético).

Marco Antonio Peláez Díaz dejó de existir el 7 de octubre de 2005, en Naucalpan, Estado de México, en la vecindad de su domicilio, habiendo dejado la huella indeleble de su personalidad, una ya mermada y dañada biblioteca, sus manuscritos de atesorar, y un vacío que quizás se olvide, pero al que no habrá cómo llenar.

Quienes lean habrán de enriquecer este bosquejo biográfico, con lo que de él supieron. Que así sea…

Adela García Muñoz

Doña Adela García (1859-1945) nació en una hacienda poblana llamada «Hacienda de Piletas» sus padres se llamaban Casiano García y Petra … Doña Adela casó con Simón Díaz, de quien tenemos poca información.

En las memorias de Marco Antonio Peláez Díaz, su nieto, encontramos los siguientes datos:

«[…] Por pláticas con mi madre tuve la impresión que era de algún lugar del Estado de Puebla, pero yo, por mi parte, deduje que había nacido en Orizaba, por el relato que mi hizo en una ocasión – ella nunca hablaba de su pasado – de haber sido llevada muy pequeña y de la mano a presenciar la entrada de los emperadores por la garita de Escamela (en náhuatl: tierra de hormigas; en el estado de Veracruz), en esa población, y esto sucedió en 1864. Así que era probablemente ‘chayotera’ (orizabeña) o por lo menos yo así lo deseo, para que resulte mi coterránea, pues yo soy de esa zona.»

«Físicamente la recuerdo como una mujer muy pequeña, diríamos casi enanita, vestida siempre con falda obscura o negra y blusa con dibujos negros sobre blanco, extremadamente delgada, pero erecta y con su pelo todo blanco, peinado hacia atrás y rematado en un magro chongo, pues su escaso pelo no daba para más.»

«Me parecía imposible que un cuerpo tan pequeño hubiera dado a luz a tres hijos – Gildardo, Luz y Carlota – sin desintegrarse y continuara activa, a pesar de su edad.»

«Educada en aquella de ‘mujer que sabe latín ni encuentra marido ni tiene buen fin‘, mi abuela sabía medianamente leer y escribir, teniendo, en cambio, una facundia inagotable y un ingenio muy vivo, lleno de sentencias y dichos. […]»

«[…} Su hermano, Ismael García, fue fusilado en las cercanías de Omealca, en el Istmo, por ser sublevado Felicista; esto es, por levantarse en armas como partidario del nefasto Felix Díaz, en la 2ª década del siglo. Lo que lo reivindica un poco (sólo un poco), es no haber permitido que le vendaran los ojos y haber ordenado, él mismo, su ejecución.»

«Su otro fusilado fue su hijo Gildardo Díaz, hermano mayor de mi madre, quien tenía una tienda en las cercanías de Córdoba, en Amatlán de los Reyes, y fue acusado, por algún enemigo o quizás delator, de vender alcohol y por ello ajusticiado sin formación de causa, en el frente de su casa. Esto creo que sucedió al iniciarse los años veinte.»

«[…] Teniendo poco más de 50 años, decidió mi abuela que la comida le hacía daño y se prescribió una dieta consistente en café con leche y, excepcionalmente, un plato de sopa a mediodía. El resultado fue que, al llegar a los ochenta, su estómago era el de una niña de tres o cuatro años, según la opinión del Dr. Ayala González, célebre gastroenterólogo, quien le ordenó volver a comer, gradualmente, una dieta de adulto, empezando con jugo de carne, sin haber logrado convencerla de las ventajas de ingerir sólidos, situación en la que la sorprendió la muerte, cuando tenía más o menos 85 años, en 1945.»

      «El sopor de la muerte la acompañó días y días, y el médico la mantenía viva a base de sueros y oxígeno, logrando que esporádicamente abriera lo ojos, sus adorables ojos antes vivaces y expresivos, que ahora lucían mortecinos, pero no volvió a articular ninguna palabra que manifestara reconocernos.»

  «Ante esa situación dolorosa para nosotros y suponemos que también para ella, mi madre y yo decidimos – motu proprio – suspenderle todo recurso artificioso para prolongarle esa vida sin vida.»

«Horas más tarde, tuve yo el privilegio de depositarla en su caja mortuoria, y me sorprendió sentirla rígida y pesada; no obstante esto, la estreché contra mí y sentí como si pusiera en una urna la flor que perfumara los primeros 28 años de mi vida.»

«¡Que la muerte te haya sido leve, abuelita!»

Juan Antonio Benito Peláez Galán

 Juan Antonio Benito Peláez Galán (1886-1930) nació en Veracruz y fue el hijo menor de Juan Emilio Peláez Pino y María Galán Dominguez, y hermano de Santiago. Sabemos muy poco de él; sin embargo, lo poco que sabemos nos revela a «un personaje de cuento».

Aquí el recuerdo que Marco Antonio Peláez Díaz, su sobrino e hijo de su hermano Santiago, nos ha legado:

«Mi tío Juan, el menor, era pequeñito, Rubio, de ojos azules […] Nos visitaba de vez en cuando viniendo de Santa Rosa (hoy Ciudad Mendoza) donde residía y trabajaba como jefe de telares o algo así. Sus visitas eran celebradas por nosotros, a pesar de estar separados mis padres, pues mi madre lo quería bien y nosotros nos enloquecíamos con una moneda de 2 pesos, grande, de plata, con un ángel y, creo, una balanza, que nos dejaba para comprar golosinas.»

«Este mi tío Juan era un personaje de cuento. Se unió a una señora 15 o 20 años mayor que él, que a la sazón ya tenía nietos y que lo cuidaba como si fuera su hijo. A pesar de ascendencia claramente hispana, era un devoto del pulque y de todo lo que significara chile, moles y fritangas, en las cuales Doña Germana –que así la nombrábamos todos, pero ninguno tía – era una experta […] Deduzco que estas aficiones de mi tío eran producto de su convivencia con los obreros textiles, en su mayoría procedentes del Altiplano. Como ‘polvo’ de aquellos ‘lodos’, murió por el año 30, a la temprana edad de cuarenta y tantos años».

Juan Emilio Federico Peláez Díaz

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No es fácil hablar de Juan Emilio Federico Peláez Diaz y es aún más difícil hacerlo sin involucrar las emociones. Él, Emilio, «El ingeniero Peláez» como solían llamarle, nació un 30 de diciembre del año de 1908 y esto sucedió en Tierra Blanca, Veracruz.

Hijo primogénito de Santiago Peláez Galán y de Carlota Díaz García, Emilio reveló desde muy joven una aguda inteligencia. En enero de 1919, siendo Emilio aun un niño, su padre decide emigrar a Cuba por diversas razones. La familia vive en la penuria, Santiago es un soñador que sólo logra un frágil equilibrio económico ejerciendo actividades administrativas. Al llegar a Cuba, Carlota y Emilio deben trabajar para completar el ingreso de Santiago. Viven en casa de de una hijastra de Carlota. Emilio, con escasos 10 años de edad, reparte leche empujando un carro de madera. Ya viejo, me contó que Enrico Caruso, el mejor tenor de todos los tiempos, fue a La Habana a dar un concierto y Emilio, empujando su carro, pasó frente al teatro en donde esto sucedía. La voz de Caruso se escuchaba desde la banqueta. Emilio, a los 10 años de edad, se detuvo y suspendió su trayecto para escuchar a Caruso… . Probablemente, con el calor de La Habana, perdió la calidad de su cargamento de leche, pero… escuchó a Caruso.

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La familia antes de irse a Cuba

El lector comprenderá sin duda que, como tantos otros niños obligados a trabajar desde temprana edad, Emilio desarrollo una madurez precoz.

Los ingresos de Santiago empezaron a mejorar y al mismo tiempo, la relación entre Carlota y Emilio se deterioró (¿una huachinanga? como dice la canción) y en julio de 1920 Carlota decide regresar con sus hijos a México, mientras que Santiago permanece en Cuba uno o dos años más. La familia, ya liderada por el matriarcado de Carlota, se establece en la ciudad de Córdoba, Veracruz.

Es necesario mencionar que Carlota, desde el año de 1900, tenía la profesión de maestra de escuela primaria y es muy probable que, haciendo un enorme esfuerzo, haya puesto a Emilio en la escuela sin obligarlo a Trabajar. En Córdoba Emilio cursa la educación primaria y en Orizaba la secundaria. Es fácil deducir, cuando se miran las fotografías incluidas en este sitio, cual era la situación económica de la familia; El salario de Carlota como maestra en aquella época post-revolucionaria, debió ser muy reducido.

Emilio en 1927

En 1926, cuando Emilio se dispone a cursar la preparatoria en la Ciudad de México, Carlota lo envía de avanzada para rentar una vivienda e inscribirse en la escuela de San Ildefonso (la meca escolar en aquella época). Cuando digo que lo envía «de avanzada», es porque Carlota había decidido emigrar a la ciudad y ofrecerle a sus hijos la posibilidad de estudiar. No tenemos el dato de en qué momento Emilio viaja a la ciudad, pero si sabemos que en 1927, toda la familia llega a la estación de tren de San Lázaro, en donde Emilio los espera para llevarlos «a casa» en una carretela que rodaba por los caminos de tierra que abundaban en la ciudad. Emilio tiene 19 años y es ya un hombre.

La vida en la Ciudad de México está llena de incontables anécdotas que esperamos poder narrar poco a poco.

Entre 1927 y 1930, y entre Jalapa y México, Emilio cursa la escuela preparatoria y los estudios profesionales para graduarse como Ingeniero Topógrafo e Hidrógrafo. A pesar de haber querido graduarse como ingeniero civil, la situación económica de la familia lo obliga a elegir una formación más corta.

Emilio se gradúa (según su diploma) el 3 de febrero de 1930 y al cabo de algunos esfuerzos empieza a trabajar,

A partir del momento en que Emilio logra «colocarse», empieza a hacer dinero rápido y en muy poco tiempo la precariedad de la familia desaparece.

Al cabo de su graduación como ingeniero

En las memorias de Marco Antonio, su hermano, leemos: «Emilio – nos aventajó en todo a todos, excepto en estatura. Deslumbró a mi padre al bautizar a la luna como la “lámpada in chelo” cuando tendría tres años a lo sumo».

Emilio fue capaz de acumular una considerable fortuna a lo largo de su vida, pero no tuvo la capacidad de conservarla. A pesar de haber trabajado denodadamente casi todos los días de su vida para hacer dinero, era claro que, el dinero – per se- no era su objetivo pues lo dilapidó a veces en caprichos y frecuentemente ayudando a los que le rodeaban, ya fuesen familiares o amigos, muchos testimonios acreditan esto.

Hombre culto, con una enorme facilidad para el cálculo matemático, Emilio construyó una enorme biblioteca que, en su vejez, le heredó a sus hijos.

Emilio se casó muchas veces en su vida y engendró 12 hijos con 6 mujeres. Su carácter impulsivo, su avidez sexual y la pobre imagen que tuvo de la mujer fueron probablemente el motivo de su actitud, sin embargo, ese es un secreto que Emilio se llevó a la tumba.

El primer matrimonio de Emilio fue en con América Orozco en 1932, con quien tuvo dos hijas.

En 1935 contrae matrimonio con Herminia Vega Argüelles, con quien tiene cuatro hijos.

En 1943 vuelve a contraer matrimonio con Natalia Cuesta Porte Petit con quien tiene 2 hijos

Para 1948 contrae matrimonio con Carmen Cano y trae al mundo dos hijos

Después de Carmen, contrae matrimonio con Esperanza Alarcón, con quien también tiene dos hijos y de los cuales solo uno sobrevivió.

Emilio se casa una última vez ya en su edad madura con una joven llamada María Luisa Guerrero Estrada con quien por su edad ya no puede tener hijos.

Como todos los seres humanos, Emilio tuvo virtudes y defectos y toda intención de comparar unos con otros es absurda.

Como un homenaje, me serviré de las memorias de su hermano Antonio, quien sin duda lo conoció más que muchos:

«Mi hermano […] es, quizás, la persona a quien más quise en mi vida y más influyó en ella. […] sólo me limitaré a citar algunas de sus virtudes cardinales que nivelan, en exceso, su estado de cuenta con sus defectos.

1º         Fue un hijo excelente, si tomamos en cuenta su conducta con mi madre y sus rasgos de generosidad con mi padre que nunca fue un modelo de amor paterno para nosotros.

2º         Ayudó a todos sus hermanos, consanguíneos o no, sin esperar reciprocidad de ellos

3º         Fue fiel a sus amigos a los cuales dispensaba de todos los defectos por el hecho de serlo. A [Francisco] Martínez de la Vega, el gran periodista, lo ocultó en su casa durante la persecución que hizo el Alemanismo de los Henriquistas no obstante que su posición de protegido del Lic. [Fernando] Casas Alemán lo comprometía en extremo.

4º         Nunca cultivó odios a ultranza y siempre tuvo

5º         Actitudes conciliatorias para todos aquellos con los que había tenido alguna diferencia.

6º Lector incansable y conversador ameno, salpicaba sus pláticas con citas, a veces ciertas, a vece incompletas, a veces inventa- das, pero que hacían de él un contertulio inmejorable. De él pudiera yo haber escrito un libro como el de Don Artemio sobre Salado Alvarez: “J. Emilio Peláez y la Conversación en mi vida”.

7º         Panteista ingénito y ateo gracias a Dios, nublaba la mirada ante un crepúsculo en el desierto o un amanecer en el mar y profesaba un sentido solidario con los pobres que se manifestaba en su trato con los trabajadores especialmente con los peones.

8º         Propenso a ofender estaba presto a borrar la ofensa haciendo uso de cualquier medio para lograrlo. Excepción hecha de alguna de sus mujeres, no conocí persona que cultivara odio permanente hacia él, a pesar de haber tenido problemas de trabajo o de intereses que lo hubieran justificado.

9ª En contraposición a su infidelidad tradicional en el aspecto amoroso, siempre tuvo la devoción de atender los problemas económicos de sus diversas mujeres o cuando menos a tratar de hacerlo cuando su estrella declinó y ya no pudo hacerlo cabalmente, o ellas no lo aceptaron.

10ª Tuvo actos de verdadera nobleza como los que a continuación paso a relatar: En el año de 1940 que salió a Bolivia en pos de un contrato que trataría de obtener para la compañía de Gama y Oriani, dejó a mi padre cerca de cien mil pesos – entonces una fortuna – para que se comprara una casa y pusiera algún negocio, no obstante que este señor había tenido para nosotros una conducta poco noble al determinar que al cumplir 15 años mi hermana Leticia había cesado su obligación de enviarnos la magra mesada – ¿100 pesos? – con que nos ayudaba. Así mismo ayudó a mi hermano Octavio a poner un taller de vulcanización y al marido de Leticia a comprar una pequeña fotografía en las calles de La Rosa, la cual junto con su perseverancia y gran calidad de fotógrafo fue base de su fortuna.

Es difícil agregar algo a este testimonio. Emilio trabajó hasta los 84 años y por última vez, el fruto de su trabajo fue repartido entre sus familiares. Los nueve años restantes, vivió con sus hijos Emilio y Víctor.

Al final de una vida llena de aventuras, un diez de septiembre del año 2002, su cuerpo cansado cesó de funcionar. Fiel a sí mismo, valiente hasta el final, Emilio luchó por seguir viviendo hasta el último momento de su vida y a las 3 de la tarde de ese día exhaló su último suspiro.

Juan Emilio Peláez Pino

 

Según las fascinantes memorias de Marco Antonio Peláez Díaz, Juan Emilio Peláez Pino (1844-1903) era español – Andaluz – oriundo de un Pueblo cercano a Málaga llamado Canillas de Aceituno. En algún momento de su vida (entre 1860 y 1870), dejó su pueblo natal, para irse a Cuba, algunos escritos afirman que por haber tenido diferencias con la ley.

En la Habana, consiguió trabajo con un afamado doctor de origen español. Su oficio en su pueblo natal fue el de “Sangrador” lo que explica que el susodicho doctor (cuyo nombre desconocemos), le haya dado trabajo, ya que este oficio era muy popular para «curar» muchos males.

Con el doctor, aprendió muchos términos médicos y uno que otro conocimiento firme que lo hicieron sentirse médico autodidacta, y eso gracias a su tesón y a su clara inteligencia.

El doctor decidió irse un tiempo a España dejando todo encargado a su joven ayudante, sin embargo, nunca volvió, pues murió allá, dicen.

Sin posibilidades de reemplazar al afamado doctor, Juan Emilio decide irse a México y quedarse en Veracruz, en donde encontró parecido entre los jarochos y los andaluces de su solar nativo. Tampoco hemos podido fijar cuándo, pero suponemos que, en algún momento entre 1875 y 1879, contrajo matrimonio, en Veracruz, con una criolla jarocha llamada María Elena Galán Domínguez (1861-1888).

La familia de María, su esposa, sin ser ricos, era una familia acomodada. Al morir los padres de María, Juan Emilio adquiere la parte de la herencia de los hermanos de María y se queda con una casa en Orizaba, en donde vivió con sus hijos hasta la muerte de María en 1888. En ese momento decide vender la casa, para pagar las deudas contraídas, y se muda a otro lugar en Orizaba misma.

se dice que aquí está sepultado Juan Emilio….

Aunque, en 1892,Juan Emilio declara en su testamento seguir siendo “sangrador”, para 1897 recibe un título de médico firmado por los más prestigiosos médicos mexicanos de finales del siglo XIX – se conserva el original del documento fechado el20 de mayo de 1897, firmado, entre otros, por el doctor R. Lavista. Este dato es solo una referencia documental, ya que Juan Emilio, desde su llegada a México, “[…]empieza a adquirir fama como médico rural, que tan presto cura bestias como cristianos. En la costa de Sotavento y aun tierra adentro, hasta Córdoba y Orizaba, Don J. Emilio llega a ser una institución en el medio”. Y debió tener algún éxito, ya que regresó «varias veces» a España y aseguró la entrada al país de emigrantes españoles procedentes de su pueblo natal, Canillas-Aceituno en Andalucía, (incluida en ellos “María La Divina” su pariente), y lo logró constituyéndose, de ese modo, en el patriarca de una legión de “Canilleros” inmigrantes, que fueron todo menos agricultores.

 Poco después de morir María Elena, Juan Emilio vuelve a casarse con una dama llamada María Álvarez, con quien procrea tres hijas: Carlota, María del Carmen y Sara Peláez Álvarez, de quienes desafortunadamente no tenemos registro alguno.

Juan Emilio rinde el alma un cinco de noviembre del año 1903, en la población de Nogales del estado de Veracruz.

 

 

Santiago Peláez Galán

 

Tercer hijo de Juan Emilio Peláez Pino y de María Galán Dominguez, Santiago nació en Veracruz el 8 de agosto de 1882. Sus dos hermanas mayores murieron en la infancia – Carmen Carlota Micaela (1878-1878) y María Araceli (1881-1888). No tenemos más datos de ellas. Así, Santiago resultó «el primogénito» de quienes llegaron a edad adulta, él, Santiago (1882-1948), Manuel (1883- ?), Pastora (1884-?) y Juan Antonio Benito (1885-1930). Dado que sus padres se establecieron en Orizaba, Veracruz, presumimos que pasó sus primeros años en esa ciudad.

Como escribió Yolanda, su hija, poco se sabe de su infancia. También escribió que él y sus hermanos fueron internados «en algún colegio», después de que su padre, J. Emilio, viudo de María Galán, iniciara su vida con María Álvarez, y que, ya en su adolescencia, regresaron a vivir con su padre. Santiago fue Contador Público de profesión.

En su Rescatando Nuestro Pasado, Yolanda nos dice que, cuando Santiago tenía diez y seis años, nació su primer hijo, que «siendo muy jovencito, perdió la vida al atropellarlo un tranvía». Marco Antonio Peláez Díaz menciona a ese primer hijo de Santiago como Fernando, sin más.

Sin contar con las fechas, pero al parecer después de ese primer hijo, de cuya madre no contamos con información, Santiago y Altagracia Contreras Morales procrearon a Magdalena Peláez Contreras, pero, según parece, no hicieron vida juntos.

Dándole colorido a su vida, en el que pudo haber sido su primer trabajo, en su juventud, Santiago, según relata su hija Yolanda, tuvo amoríos con la esposa del dueño del negocio, lo que le causo una herida de bala y problemas legales que le privaron de su libertad; fue en ese tiempo en el que recibió la noticia del fallecimiento de su padre, Juan Emilio Peláez Pino.

En 1906 ó 1907, Santiago y Carlota Díaz García iniciaron vida juntos, de quienes nacieron siete hijos, de los cuales cinco llegaron a edad adulta: Emilio, Octavio, Leticia, Marco Antonio y Francisco. Rebeca y Carlos murieron siendo niños.

En 1920, después de haber pasado un tiempo en La Habana, Cuba, donde nació Francisco, Carlota y Santiago se separaron para siempre. Ese año, Carlota y sus hijos regresaron a México; Santiago lo haría hasta 1922.

Por ahí de 1930, Santiago y Rosario Pérez Peláez iniciaron lo que fue el resto de la vida de Santiago. De su vida juntos, nacieron Yolanda, Fabiola, Mireya, Marina, Salvador y Ezequiel.

Rotario y ávido lector de Camille Flammarion y Helena Blavatsky, más ha de aparecer de él en este sitio, ya por transcripción de lo que sus hijos, Yolanda Peláez Pérez y Marco Antonio Peláez Díaz, nos heredaron o por contribuciones de otras y otros, que esperamos completen y enriquezcan la biografía de Santiago Peláez Galán.