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Allí

Allí donde el silencio se anuda en las gargantas

Con un deseo sordo de estallar en suspiro;

Allí donde la noche de veinticuatro horas

Se esparce por las almas llenándolas de frío;

Allí donde la tierra agrieta sus entrañas

Y deja ver el cieno que alimenta escondido;

Allí donde los valles se convierten en páramos

Y los hombres se pierden deshojando infinitos;

Allí donde no existe la palabra que nombro,

Donde los sentimientos se convierten en vicios,

Y donde la mirada que busca su contorno,

Es un pájaro herido;

Allí donde las sombras se funden en las cosas;

Allí donde los pasos no encuentran los caminos;

Allí donde el destino se halla ebrio de caos;

Allí donde dios mismo se encuentra confundido;

Allí donde no hay credos;

Allí donde los júbilos

Son apenas esbozos de un recuerdo tardío;

Allí donde no existe la dimensión de un beso,

¡Allí te necesito!

Memorias

Las memorias de Marco Antonio Peláez Díaz y la obra de su hermana, Yolanda Peláez Pérez, son los apoyos más importantes y comprometedores de pelaezgenealogia.net.

«De las noticias que tengo de mis ancestros, no sé de alguno que se haya preocupado por dejar – o haya dejado -huella escrita de su paso por la tierra, para noticia de sus sucesores…«. Así reza el inicio del prólogo del segundo volumen de dichas memorias.

En efecto, sus ancestros parecen no haber dejado señas de tal preocupación. Y Marco Antonio y Yolanda no supieron de los escritos de una y el otro, que con coincidentes intenciones habrían de heredarnos. Él escribió las últimas letras de sus memorias, fechándolas en enero del año 2000. También en enero, pero del año 2008, en el tercer año posterior al de la muerte de su hermano, Yolanda habría de fechar los tres tomos de su «Rescatando nuestro pasado».

Son cuatro libretas de manuscritos las que contienen las memorias de nuestro Marco Antonio. Tanto él como Yolanda han dejado esa, la huella de su paso por la tierra y en ella nos han heredado el compromiso de mantener esa llama que los encendió y que habrán de mantener los que les sigan, enriqueciendo el acervo de nuestras historias.

Una vez terminadas transcripción y edición de dichos manuscritos, serán convertidos a un medio electrónico, para incluirlos en este sitio.

Rescatando nuestro pasado

Obra en tres tomos, de Yolanda Peláez Pérez. Prólogo de Fabiola Peláez Pérez. Presentación e ilustración de Salvador Peláez Pérez.

Fechada en Orizaba, Veracruz, México, el mes de enero de 2008.

En 2009 ó 2010, la autora obsequió un ejemplar a sus sobrinos Patricia Peláez Olivares, Oscar Martínez Peláez y Francisco Peláez Olivares.

Con el fin de incluirla en pelaezgenealogia.net, por ser uno de los dos más importantes escritos en la recopilación de la historia de la familia, la obra de Yolanda será editada y transcrita a un medio electrónico

* La Extraterrestre

Por Gabriela (Gabba) De la Mora Peláez

Nunca me gustó sentarme cerca de los baños en los restaurantes. Me atacaban pensamientos paranoicos. Pensaba en los gérmenes, en partículas insalubres que flotan por el aire, se meten por la nariz, caen en el cabello, se quedan en la piel, contaminan los cuerpos, el entorno, la comida, la vida… Una obsesión – así le llamaba él – que me ha costado aniquilar.

Antes, cuando él se reía – risa tierna, cómplice, divertida – y por algún motivo nos tocaba sentarnos relativamente cerca del baño, yo simplemente no podía comer y a él le parecía adorable, parte de mi uniqueness, decía. Él, todo un caballero, pedía cambio de mesa y me decía: “mi Tontita, ¡tienes que comer!, es por los hijos que tendremos, quiero un Emilianito fuerte en cuanto nos casemos…”

pero eso era antes…

…antes de que la risa fuera burla, humillación, y yo le pareciera una vergüenza que desataba su furia, sus reproches e insultos. Cuando dejé de ser “su Tontita”, para ser “la loca esa”, e incluso una completa estúpida, como me llamó cuando me sacó del baño del Prendes, mientras lavaba mis manos, por segunda vez – aunque él sabía bien que lo correcto son tres – me apretó el brazo y, con la mandíbula trabada entre dientes, murmuró: es-tú-pi-da.

Tengo que admitir que usar baños públicos es muy difícil para mí, y lo evito hasta que sea ineludible, pero tomo todas las

precauciones posibles, porque todo ahí es asqueroso, aun cuando intentan engañarnos con olor a limpiadores, aun cuando se vea mentirosamente impecable. Justo como él, mi exmarido: ungido de sus trajes de diseñador, sus corbatas finas y sus lujos

inevitablemente, nos contaminamos por culpa de toda esa gente que no se lavan las manos, que salen de la oficina, se tocan la corbata, se alisan las faldas, se tocan entre ellos, se sientan en sillas inmundas, contaminan nuestras vidas y se atreven a comer mientras respiran aromas deliciosos, pero se impregnan de toda esa porquería.

Contradictoriamente, mientras practico el ser invisible y bebo café, de sólo pensar en esos olores, salivo, y un recuerdo lejano me sacude como un bofetón: comida árabe corriente, un menú chino grasoso y un pay de manzana frito: comida barata, como para saciar el hambre de tres personas. Recuerdo haber pedido todo para llevar, porque la vergüenza de que un montón de desconocidos, disfrazados de oficinistas, me vieran comer en tales cantidades, era incluso peor que el asco de compartir con ellos una mesa en el área de comida rápida.

Atraqué TODO, escondida en mi impecable camioneta, en el último piso del estacionamiento del centro comercial, y con una voracidad desconocida para mí. No entendí que mi cuerpo me anunciaba a gritos que estaba embarazada por primera vez: la primera de cinco. Y tampoco podía imaginar que mi cuerpo me traicionaría todas las veces y nunca podría ser llamada mamá… No, no hubo ningún Emilianito.

Presiono mi taza de café para alejar el doloroso pensamiento, mientras recuerdo que eso fue antes, en aquella otra vida, cuando pensé que sería feliz, que tendría hijos perfectos. En donde yo era perfecta. Hoy me parece que eso le pasó a otra persona.

Eso sí, ya no soy aquella. La terapeuta me dice que tengo que encontrar a mi “nueva yo” y, por eso, día con día, trabajo en reinventarme. Cada día destrozo mis costumbres, me desintegro, me borro poco a poco, me asesino lentamente y todas las veces que sean necesarias para dejar de ser “esa” Pero aún soy sólo nadie; pero ser nadie es mejor que esa: “la Loca”, la defectuosa, su esposa.

Quiero ser ésta nadie un tiempo. Disfruto de esta suerte de invisibilidad que permite este estadio intermedio, cuando logro controlar la ansiedad y experimento cosas nuevas. Justo como ahora, que me atrevo a sentarme sola, en un restaurante al aire libre, a tomar café y a estar sentada cerca del baño. Eso sí: nunca, nunca de frente a las puertas, sólo en un ángulo en el que pueda dominar quién entra y sin que sea yo lo primero que distingan al salir.

Es sencillo pues, en este afán de ser invisible, he descubierto que a la mayoría de la gente le da pudor que la vean salir del baño. Tratan de pasar desapercibidos, no hacen contacto visual, ven por arriba de las cabezas de los desconocidos, como si buscaran a alguien, y salen lo más pronto posible de donde orinaron, defecaron o incluso algunos, hasta se masturbaron…

¡cerdos!  – como mi asqueroso marido… OK: EX, exmarido – Salen del baño como se sale de un hotel de paso: aceleran, se avientan al arrollo, sigilosos, rápidos, escurridizos, tímidos pero liberados; tal vez hasta orgullosos, como él lo hacía antes de ser yo su viuda.

Nunca sabré si lo hacía por vengarse de mí, del “defectito” de no poder ser madre. Aunque he pasado noches enteras pensando que me “descompuse” por culpa de toda la inmundicia que trajo a mi casa, después de revolcarse en esas camas nauseabundas, en esos cuerpos repugnantemente impuros y después venir a tocarme, a ensuciarme. No hay agua, jabón o Lysol suficientes para limpiar un solo momento en esos hoteluchos.

Presiono mi taza de café entre las manos, estoy por dejarme ir en este tobogán de ansiedad y sucios pensamientos, pero siento un escalofrío. Otro bofetón que me trae a la realidad. El dolor quiere abrirse paso por mi mente y desgarrarme, como cuando se descorren de golpe las cortinas de una ventana aún soñolienta.

Pongo atención: todo lo provoca el pequeño parado justo frente al baño. Calculo debe tener por ahí de cinco años y está solo. Desde mi rincón invisible busco con quién viene. No veo a nadie alerta, nadie lo observa o cuida.

Mi enojo por la negligencia ajena hace a un lado la amenaza. Veo cómo, con su manita derecha, presiona el pantalón para no orinarse, mientras sus Converse verdes bailan discretamente,

al tiempo que mueve el dedito índice de su mano izquierda frente a su cara.

Descubro que dibuja en el aire las letras de las puertas del baño. Primero la hache. Parece enojarse o desesperarse y hace cara de no entender nada. Me divierte su expresión. Presiona más fuerte con su mano hasta casi cerrar el puño lleno de mezclilla. Rápidamente traza la eme, esa letra sí la conoce y sólo dice que no con su cabecita, parece dudar.

Sin pensarlo ya, camino hacia él. Una alerta se enciende dentro de mí. No debo perder mi capa de invisibilidad, pero no puedo evitarlo: él sufre y nadie más parece notarlo. Egoístas los que pasan por ahí, sólo lo esquivan. Ya estoy junto a él

– ¡hola!

saludo, parándome de su lado derecho

– ¿necesitas ayuda?

él sólo me ve de reojo, me ignora y alcanzo a escuchar el murmullo que, con sus labios apretados  carnosos y perfectos, parece murmurar

– mmmmmmmm ma mmmma-mmmmá

– ¿buscas a mamá? ¿está en el baño?

niega con la cabeza. Su baile se hace más marcado. Brinca hacia la izquierda y sigue con su dedito el letrero en la puerta del baño, dibujando en el aire  la letra “H”. Enérgicamente niega y borra la letra imaginaria, se desespera. Me clava los ojos, ya estoy frente a él, en cuclillas, para ponerme a su altura, esperando generarle confianza. Entonces me espeta:

– no quiero un baño de mamá, quiero un baño de papá,  ya soy grrrrrande

el bofetón de nuevo. Pero ahora no es un recuerdo específico. Es el dolor del anhelo perdido. Un huracán de ternura que quiere destruirme. Quiero abrazarlo. ¡Rápido, piensa algo! ¡No vayas a llorar! (y escucho un “Estúpida” desde el pozo que es mi cabeza)

– esta emmme no es de mamá, es una mmm de mmmarciano    ahí es a donde pueden entrar todos los niños que ya son grandes   y claro, también las marcianas

Espero un segundo a que me mande al carajo, pero no. Sonríe, me agarra del dedo y me jala. Siento un golpe triunfante pero ansioso al centro del pecho.

– ¿me ayudas?

pregunta, mientras se para de puntitas, junta las rodillas y tuerce los talones

caminamos rápidamente al baño. Dudo un segundo, antes de poner la punta de los dedos en la puerta, pero siento toda una vida de desesperación en la presión de su manita, y una yo, que nunca he sido, tal vez la “nueva yo” que quiere emerger, empuja la puerta con determinación.

Entramos, pongo una rodilla en el piso, le desabrocho el pantalón como si supiera hacerlo desde siempre y él entra, a toda prisa, dando un golpe en la puerta del escusado.

Veo un chorrito que moja en todas direcciones, al tiempo que parece descansar su alma pequeñita. Jalo la puerta para darle un poco de privacidad y espero que entre su madre, angustiada o furiosa porque una completa extraña llevó a su hijo al baño, lo tocó sin siquiera lavarse las manos y le bajó los pantalones. Pero no sucede nada…

nadie… tal vez también él sea invisible

Sería TAN fácil desaparecer con él en este momento: podríamos hacer una vida incorpórea, juntos y ser muy felices. Tal vez puedo disuadirlo fácilmente. Sacudo la cabeza para ahuyentar ese abismo, esa idea que me traga, ese hoyo negro.

Mi nuevo amigo sale del baño, me devuelve al aquí y ahora, le sonrío. Me pongo de nuevo a su altura para abrocharle el pantalón, mientras mi boca se abre para no gritar de dolor

– dile a tu mamá que una marciana buena te ayudó a ir al baño, pero que tiene que tener más cuidado, porque hay algunas que son muy, muy malas y podrías desaparecer.

Mis palabras parecen comunicarle peligro: hace un solo movimiento firme de cabeza, fija sus ojos en los míos, asiente y echa a correr. Se me escurre entre los dedos. Me deja con ganas de besarlo.

Me levanto y lo veo perderse entre las mesas hasta que se abraza a una mujer joven, muy delgada, guapa, con el cabello recogido en una pinza y lentes obscuros en la cabeza que ni siquiera voltea a verlo, sólo lo rodea blandamente con los brazos al él tratar de hundir la carita entre sus piernas.

De reojo, me busca para esconderse de nuevo. La madre habla efusivamente con la que imagino es su mejor amiga. Ella parece darse cuenta de que el niño no estaba por ahí desde hace mucho y busca rápidamente por el restaurante algo fuera de lugar, mientras la madre no para de hablar y agita la mano derecha en el aire. Su mirada pasa por encima de mí. Contengo la respiración, pero ella sigue de largo. Soy invisible. Lo logré… y me duele.

Agacho la cabeza y salgo rápidamente, a perderme entre la gente; como el coche que escapa del hotel de paso, acelero, sigilosa, rápida, escurridiza, tímida y me desvanezco en el inmundo arroyo. Siento venir muchas tardes de ansiedad, como tandas de múltiples bofetadas…

La Vuelta

Por Emilio (El Pato) Peláez Vega

El aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ese universo que se reinventa diariamente. ¿Cuántas personas  partirán de aquí? ¿Cuántas personas llegarán aquí. ¿Cuántas historias enlazadas o por aparte se podrían narrar de estas hordas viajeras?

Esas preguntas se hacía él, acodado en un balcón que miraba hacia las salas principales de ese ente vivo que es el aeropuerto.

  Había llegado apenas, maleta pequeña en mano, como siempre, de su vuelo a Guadalajara a donde fue a ver a su hija Laura, de la cual estuvo separado varios años por pleitos y malentendidos y razones que… pero eso ya no venía al caso. Toda esa época negra al fin había terminado. Allá conoció apenas a su último nieto, Emilio, de su mismo nombre; y Laura lo bautizó así a pesar del distanciamiento. Eso lo enterneció hasta las lágrimas, que no pudo evitar allá mismo.

   Siguió contemplando hacia abajo las multitudes cuando… ¡la vio!  ¿Cómo la distinguió a pesar de tanta gente? Nunca lo supo,  pero así sucedió. Entonces ella alzó su mirada, que se cruzó con la de él y algo mágico sucedió. Sucedió que… toda la gente desapareció quedando solamente ella y él en todo este escenario. Sin saber por qué, él empezó a descender hacia la sala… «¿romance habemus?», se preguntó, pero enseguida se dio cuenta que no eran en ese sentido las cosas.

Era una mujer guapa y elegante de edad indefinida; vestía de negro y se coronaba con un sombrero adecuado a su vestimenta. Al ir bajando sintió que la conocía de siempre; con una rara mezcla de sentimientos. Pero ¿de dónde?, se dijo.

  Llegando junto a ella, la mujer le dijo, con una voz armoniosa y grave, que denotaba calma

    – Hola Emilio , ya estoy aquí.

   La miró extrañado y entonces, como un vendaval, en su mente entró la razón. Sí, era ella ¡La Muerte, la Parca, la inevitable! Con escalofrío  la recordó en masculino, como el personaje de Macario de Traven y no el de Rulfo.

«No sé por qué te alarmas Emilio» – dijo ella – «tú me mencionas con frecuencia, casi cotidianamente»…

Y sí, la mencionaba casi a diario, de un modo o de otro, desde siempre.

    -¿Y por qué ahora? – le dijo – ahora que yo pensaba irme a vivir a Guadalajara, como acordé con Laura; ¿porqué ahora mi muerte?

    – Así es la vida – respondió lacónicamente.

    – ¡Ya podrías usar otro juego de palabras!. Ese es exageradamente irónico

    – Emilio- dijo ella- como tú sabes, esto no es cosa mía, yo también recibo órdenes de Él.

    La mente de Emilio era una vorágine, entró en pánico.

    – ¡No! – gritó – tú no puedes hacerme esto ahora. ¡Me niego a seguirte!

   Y corrió por los enormes pasillos vacíos; encontró un baño al que entró corriendo. Ya dentro, miró su cara demudada, reflejada  en un espejo; entró en un reservado y cerró, casi  temblando.

   Como por un ensalmo, ella estaba de pie, frente a él y haciendo un gesto mínimo y, señalándolo, hizo que él sintiera un obscurecimiento profundo… cada vez más profundo…

   «¿Esto es la muerte, el fin? ¿Por qué sigo consciente?» Se preguntaba mentalmente. «No entiendo por qué es así, no tiene lógica, vamos, no es congruente. Y el famoso Juicio Supremo, ¿en dónde está?»

   Esto siguió así cuando, en un momento extraño él, percibió una luz, como una salida, y se acercaba… se acercaba cada vez más.

   De repente salió. Unas  voces dijeron: ¡Es un niño!

   Después, unas risas y hasta algunos aplausos. Sí, estaban en un baño similar al otro del aeropuerto.

   Lo envolvieron en una chamarra de estilo militar.

   Una pareja, hombre y mujer, con un micrófono en la mano y una cámara de video le decían a un uniformado en mangas de camisa:

«¿Qué pasó oficial, cómo auxilió a esta mujer?»

    – Pues ya ve, señito, simplemente, ella vino a aliviarse aquí y yo, sin saber de estos chismes, la ayudé y ya ven, aquí está la criatura.

    – Cuál es su nombre, señor policía?

    – Pues me llamo Emilio, seño.

   Y a la recién aliviada: «Señora, ¿por qué no le pone ese nombre al niño, como agradecimiento?».

    – Claro que me gustaría – dijo la mujer aún exhausta – así le pondré.

   Entre  los curiosos asomó el rostro de la mujer de negro. Su mirada y la del niño se cruzaron por un instante, ella esbozó una enigmática sonrisa y siguió su camino.

   El niño volteó su cara y se olvidó en seguida de ella. Estaba muy ocupado naciendo.

   Unos Emilios se van, otros Emilios llegan.

   El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México… ¿cuántos partirán de aquí, cuántos llegarán aquí?…

Yolanda Peláez Pérez

Ensayo que espera convocar la biografía

Quedando a deberle tanto, este sitio quiere rendir homenaje a Yolanda, por habernos legado el producto de ese, su esfuerzo por decirnos acerca de dónde venimos y quiénes hemos sido.

Hay grandes vacíos en la información que de ella tenemos, oquedades que esperamos nuestras lectoras y lectores vayan llenando.

Yolanda, con una total ausencia de vanidad y, en contraste, con bondad que desborda de cada una de sus páginas, nos ha heredado, en su obra Rescatando Nuestro Pasado, contenida en cientos de páginas, en tres tomos, algunos datos e innumerables anécdotas, eslabones, líneas ancestrales que en el tiempo se han atenuado hasta casi perderse, pero que vuelven a revelarse, a la luz que Yolanda nos ha dado, contribuyendo así al conocimiento de nuestra identidad, en ese contexto mestizo al que pertenecemos, como el resto de la humanidad.

El amor y la dedicación puestos en esos libros nos hacen venerar el acervo que Yolanda hizo y del cual tenemos el privilegio de conservar.

Rebeca Yolanda Peláez Pérez – “La Güera”, como le apodó su padre – fue la primera hija de la unión de María de Rosario Pérez Peláez y Santiago Emiliano Peláez Galán, nacida el 3 de mayo de 1928, en Orizaba, Veracruz, México. En el alegre hogar en el que su familia y ella crecieron, le antecedieron sus hermanas Olga y Elsa, siguiéndole, en orden cronológico, Fabiola, Mireya, Marina, Salvador y Ezequiel.

Percatándose de la enorme tarea a la que Yolanda se entregó, ya su hermano Salvador, en la introducción que escribió para Rescatando Nuestro Pasado, nos advierte: “…el sentir el reto de terminar lo que quizás tiene un gran significado (aunque) para uno mismo…”. El trabajo continúa, Yolanda querida, tu trabajo continúa. El llamado de Salvador a nuestra atención se hace oír, en la misma introducción: “… lo útil y grandioso es que tienes este libro en tus manos…”, reiterándonos la importancia que tiene lo iniciado por Yolanda y que aquí quiere continuarse.

Su hermana Fabiola, escribió, en el prólogo de la obra de Yolanda, “La razón me dice que todo este trabajo que se ha hecho no será en vano…”. He aquí uno de los más importantes objetivos de este sitio: confirmar que el trabajo y dedicación de Yolanda no fue, es ni será en vano.

Pocos datos sabemos de la vida de nuestra pariente ejemplar. ¡Ah, pero de su corazón sí!. En el 2009, ya en el atardecer de su vida, con la ayuda de Ezequiel, su hermano, tres de sus sobrinos, Patricia Peláez, Oscar Martínez y Francisco Peláez, tuvieron el privilegio de restablecer o entablar comunicación con ella y su familia inmediata, en una afortunada coincidencia de tiempos y espacios, que hizo sentir como si los reunidos hubieran convivido una vida entera. La calidez y cariño con los que su familia acogió a esos otrora distantes sobrinos, quedarán en los anales de nuestras experiencias, y habremos de regresar incansablemente a expresar nuestra gratitud por ello.

En las jubilosas reuniones en “la pluviosilla” que sucedieron, se identificaron las coincidencias de interés y entusiasmo que ahora queremos expresar en este sitio. Se trata del conocimiento, descubrimiento y aprecio de las raíces, tronco, ramas y frutos (que seguirán dándose) de nuestro árbol familiar. Fue ahí que encontramos a Yolanda, cuidando de ese árbol, al que ahora queremos cuidar y que se cuide a perpetuidad. Ahora, también habremos de reclutar a los guardabosques del futuro.

En sus escritos, Yolanda nos dice, una y otra vez, que ella fue puro corazón. Nos habló no de datos sino de sensaciones, de fijaciones y vivencias que le tatuaron esa bondad que la caracterizó. No sabemos de las escuelas en las que estudió; muy brevemente, escribió de sus amores. La brújula de su pluma parece haber reconocido a los demás.  Escribió de flores en las habitaciones de su casa, del bullicio de su infancia, de sus aromas, del respeto a sus mayores, de sus emociones, de las de sus seres queridos.

La cronología que pueda inferirse de sus relatos, frecuentemente nos deja en la abstracción de los sentimientos de Yolanda, haciéndonos olvidar la importancia de fechas y datos materiales, y nos transporta a su interior, su madeja de sentimientos y amor por los demás, que es lo que le fue importante.

Tus escritos y pensamientos, Yolanda, están guardados, tanto en papel como en la sangre y el deseo de preservarlos; allí, en el nicho de tu memoria sempiterna

Pastora Peláez Galán

Poco sabemos de Pastora , Salvo que, al morir su padre en 1903, la recluyeron con una familia que la sustrajo de la relación con sus hermanos; situación que parece se conservó hasta su muerte.

«[…] A mi tía Pastora no la conocí, pues al morir mi abuelo se refugió o la refugiaron con una familia que la sustrajo de la relación con sus hermanos; situación que parece ser conservó hasta su muerte».

Tanto Pastora, la menor de la familia, como Manuel, el mayor, vinieron al mundo con alguna deficiencia mental. Sin embargo, sus destinos siguieron caminos distintos. Manuel recibió la compasión de su cuñada Carlota Díaz García, esposa de su hermano Santiago, mientras que Pastora, como se dijo antes, fue abandonada, como tantas otras mujeres de su época y en su situación.

Esta vieja y pequeña fotografía (la única que tenemos de ella), revela fielmente la misma mirada profunda de su padre y de todos sus hermanos.

Despertar

Desde el presente imperceptible miro la nitidez de lo intangible,

Y me sumerjo en el vacío, y ya no espero a nadie, ni incubo deseo o esperanza alguna.

Mis emociones todas fueron acalladas para dar libre curso a la creación:

Bajo la sombra de mis letras te escabulliste en mi vida.

Perdona el desorden; hace tiempo que vivo solo en mi soledad y ya le pongo menos atención al orden. Pero desde mañana, o después, prometo ponerme a ordenar el caos, o eso que resulta del caos. Mientras tanto, súbete a mis letras y cabalga hacia el final de mis días en este caballo tan caballo.

Cuando hayas llegado al final de mis días, azul será el color y el aroma de mi mundo y azul será la nada que lo suceda.

Manuel Peláez Galán

Como en algunos de los textos aquí incluidos, la información que tenemos de Manuel proviene de las memorias de dos miembros de la familia, Yolanda Peláez Pérez y Marco Antonio Peláez Díaz.

Durante su infancia, Marco Antonio convivió con Manuel, su tío, quien le dio una invaluable experiencia, a esa edad en la que la imaginación lo es todo.

Manuel nace alrededor de 1880 y fue el primogénito de la familia. No sabemos cuándo murió. Manuel, al igual que la menor de la familia, su hermana Pastora, fue un enfermo mental.

«[…] al parejo de estas fijaciones infantiles surge la desgarbada figura de mi tío Manuel, hermano mayor de mi padre, como compañero de mis correrías primeras, que quisiera evocar o describir con la maestría de Mark Twain […]».

«[…] Recortaba, en cartón grueso trompetas copiadas fielmente por él de alguna revista, con las cuales fingía estar tocando algún fragmento de ‘Poeta y Campesino’, imitando, aceptablemente, el sonido del instrumento. Estaba. pues, rematadamente loco[…]».

«[…] Años después al inquirir por él en Orizaba, alguien me dijo: ¿Manuel Peláez? . . . . ese pobre murió en un hospital, abandonado por todos.»

Leticia Peláez Díaz

Para este breviario, se ha contado con la valiosa contribución del tercer hijo de Leticia y Vicente Martínez de Anda, Oscar (Vincent) Martínez Peláez, y con los manuscritos de Marco Antonio Peláez Díaz, hermano de la aquí biografiada.

Ticha – como la llamaban sus hermanos – nació en la población de Río Blanco, en el estado de Veracruz, en México, el 14 de diciembre de 1913. Fue la segunda hija, y quinta entre los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974).

 “…mi hermana Ticha, en quien ya apuntaban aficiones musicales…”.

Leticia estudió canto y se graduó en el Conservatorio Nacional de Música, en la Ciudad de México, en 1934.  Su hijo Oscar alguna vez le preguntó: “¿Por qué abandonaste la carrera para la que estudiaste?… Me dijo que, si no lo hubiera hecho así, se habría divorciado, como habían acabado haciendo todas sus compañeras de escuela.”

Leticia tuvo rectitud y rígidos principios, para conducir su vida y su juicio de otros, que mantuvo siempre firmes e inflexibles. “…Ese fue un rasgo distintivo en la personalidad de Ticha.” – escribió su hijo Oscar, dando ejemplos – “…no pudo ver con buenos ojos a un hijo adoptado. Incluso, muchos años después, cuando su hija, también Lety, quiso adoptar un niño, ella rechazó la idea. Iba contra su naturaleza. Para ella sólo había una forma de llevar su vida, la línea recta que ella misma trazaba. No aceptaba ni los divorcios, ni los hijos fuera de matrimonio, ni las uniones libres, ni nada que se saliera de lo que ella consideraba correcto”.

Con suntuosa ceremonia, contrajo matrimonio con Vicente, en 1936, no sin que antes sus atributos y juventud hubieran sido cortejados al parecer no pocas veces.  Según cuenta su hermano Antonio, cuando vivían en una vecindad en las calles de Uruguay, en la ciudad de México, Ticha tuvo un novio, Pepe Romo, estudiante de medicina, que se mereció ser recordado en las memorias de la familia, por haber reducido a Antonio la fractura de un brazo, con la particularidad de haberlo hecho sin anestesia alguna, lo que explica que Pepe y quizás también la madre de Pepe, hayan sido recordados por Antonio.

Oscar, su hijo, recordaba: “Cuando fue estudiante en el Conservatorio, en la carrera de Canto, tuvo un pretendiente, un estudiante de violonchelo, de nombre Teodoro Campos Arce. Ella le decía Teadoro Campos Arce, con lo que hacía volar a Teodoro. Cuando Leticia se recibió, ya estando casada con Vicente, dio un concierto en el Anfiteatro Bolívar. En la ceremonia, Vicente fue a sentarse en primera fila, con tan mal tino, que lo hizo junto a donde estaba Teodoro. Éste comentó que estaba ahí únicamente por escuchar a Leticia, a lo que Vicente le respondió airadamente que, a él, siendo orgulloso esposo de la laureada, lo había traído la misma causa.”

Esperamos que la biografía de Leticia se vea aquí enriquecida por aquellos que la conocieron y saben más de ella. Fue una mujer ejemplo de entereza, principios y fidelidad, que confrontó muchas adversidades, superó cuanto obstáculo encontró y logró sus objetivos más importantes en la vida, no obstante haber vivido poco menos de 54 años.

Leticia profesó un amor incondicional a su padre, con quien mantuvo una relación cariñosa a cuan más, no obstante que él, como los hermanos de Leticia, llevaron una vida muy alejada de lo que ella creyó debía haber sido. Dos de sus tres hijos viven, Leticia y Oscar, quienes, junto con otros, esperamos se animen a abundar en datos, anécdotas y descripción de nuestra querida Ticha.

Oscar escribió, hablando del regreso del viaje a Europa, que su madre anheló y logró: “Regresando a México, Leticia empezó a sentirse mal de la columna, seguramente por tanta caminada o por cargar las maletas. ¿Estaría dándole reumatismo?… nada de eso. Ese fue el principio del cáncer que se la llevaría en pocos meses. Vivió sólo cincuenta y tres años, pero logró sus objetivos. Una corta vida, pero razonablemente feliz, y se ahorró ver mucho que creo no hubiera sido de su agrado.”