Yolanda Peláez Pérez

Ensayo que espera convocar la biografía

Quedando a deberle tanto, este sitio quiere rendir homenaje a Yolanda, por habernos legado el producto de ese, su esfuerzo por decirnos acerca de dónde venimos y quiénes hemos sido.

Hay grandes vacíos en la información que de ella tenemos, oquedades que esperamos nuestras lectoras y lectores vayan llenando.

Yolanda, con una total ausencia de vanidad y, en contraste, con bondad que desborda de cada una de sus páginas, nos ha heredado, en su obra Rescatando Nuestro Pasado, contenida en cientos de páginas, en tres tomos, algunos datos e innumerables anécdotas, eslabones, líneas ancestrales que en el tiempo se han atenuado hasta casi perderse, pero que vuelven a revelarse, a la luz que Yolanda nos ha dado, contribuyendo así al conocimiento de nuestra identidad, en ese contexto mestizo al que pertenecemos, como el resto de la humanidad.

El amor y la dedicación puestos en esos libros nos hacen venerar el acervo que Yolanda hizo y del cual tenemos el privilegio de conservar.

Rebeca Yolanda Peláez Pérez – “La Güera”, como le apodó su padre – fue la primera hija de la unión de María de Rosario Pérez Peláez y Santiago Emiliano Peláez Galán, nacida el 3 de mayo de 1928, en Orizaba, Veracruz, México. En el alegre hogar en el que su familia y ella crecieron, le antecedieron sus hermanas Olga y Elsa, siguiéndole, en orden cronológico, Fabiola, Mireya, Marina, Salvador y Ezequiel.

Percatándose de la enorme tarea a la que Yolanda se entregó, ya su hermano Salvador, en la introducción que escribió para Rescatando Nuestro Pasado, nos advierte: “…el sentir el reto de terminar lo que quizás tiene un gran significado (aunque) para uno mismo…”. El trabajo continúa, Yolanda querida, tu trabajo continúa. El llamado de Salvador a nuestra atención se hace oír, en la misma introducción: “… lo útil y grandioso es que tienes este libro en tus manos…”, reiterándonos la importancia que tiene lo iniciado por Yolanda y que aquí quiere continuarse.

Su hermana Fabiola, escribió, en el prólogo de la obra de Yolanda, “La razón me dice que todo este trabajo que se ha hecho no será en vano…”. He aquí uno de los más importantes objetivos de este sitio: confirmar que el trabajo y dedicación de Yolanda no fue, es ni será en vano.

Pocos datos sabemos de la vida de nuestra pariente ejemplar. ¡Ah, pero de su corazón sí!. En el 2009, ya en el atardecer de su vida, con la ayuda de Ezequiel, su hermano, tres de sus sobrinos, Patricia Peláez, Oscar Martínez y Francisco Peláez, tuvieron el privilegio de restablecer o entablar comunicación con ella y su familia inmediata, en una afortunada coincidencia de tiempos y espacios, que hizo sentir como si los reunidos hubieran convivido una vida entera. La calidez y cariño con los que su familia acogió a esos otrora distantes sobrinos, quedarán en los anales de nuestras experiencias, y habremos de regresar incansablemente a expresar nuestra gratitud por ello.

En las jubilosas reuniones en “la pluviosilla” que sucedieron, se identificaron las coincidencias de interés y entusiasmo que ahora queremos expresar en este sitio. Se trata del conocimiento, descubrimiento y aprecio de las raíces, tronco, ramas y frutos (que seguirán dándose) de nuestro árbol familiar. Fue ahí que encontramos a Yolanda, cuidando de ese árbol, al que ahora queremos cuidar y que se cuide a perpetuidad. Ahora, también habremos de reclutar a los guardabosques del futuro.

En sus escritos, Yolanda nos dice, una y otra vez, que ella fue puro corazón. Nos habló no de datos sino de sensaciones, de fijaciones y vivencias que le tatuaron esa bondad que la caracterizó. No sabemos de las escuelas en las que estudió; muy brevemente, escribió de sus amores. La brújula de su pluma parece haber reconocido a los demás.  Escribió de flores en las habitaciones de su casa, del bullicio de su infancia, de sus aromas, del respeto a sus mayores, de sus emociones, de las de sus seres queridos.

La cronología que pueda inferirse de sus relatos, frecuentemente nos deja en la abstracción de los sentimientos de Yolanda, haciéndonos olvidar la importancia de fechas y datos materiales, y nos transporta a su interior, su madeja de sentimientos y amor por los demás, que es lo que le fue importante.

Tus escritos y pensamientos, Yolanda, están guardados, tanto en papel como en la sangre y el deseo de preservarlos; allí, en el nicho de tu memoria sempiterna

Leticia Peláez Díaz

Para este breviario, se ha contado con la valiosa contribución del tercer hijo de Leticia y Vicente Martínez de Anda, Oscar (Vincent) Martínez Peláez, y con los manuscritos de Marco Antonio Peláez Díaz, hermano de la aquí biografiada.

Ticha – como la llamaban sus hermanos – nació en la población de Río Blanco, en el estado de Veracruz, en México, el 14 de diciembre de 1913. Fue la segunda hija, y quinta entre los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974).

 “…mi hermana Ticha, en quien ya apuntaban aficiones musicales…”.

Leticia estudió canto y se graduó en el Conservatorio Nacional de Música, en la Ciudad de México, en 1934.  Su hijo Oscar alguna vez le preguntó: “¿Por qué abandonaste la carrera para la que estudiaste?… Me dijo que, si no lo hubiera hecho así, se habría divorciado, como habían acabado haciendo todas sus compañeras de escuela.”

Leticia tuvo rectitud y rígidos principios, para conducir su vida y su juicio de otros, que mantuvo siempre firmes e inflexibles. “…Ese fue un rasgo distintivo en la personalidad de Ticha.” – escribió su hijo Oscar, dando ejemplos – “…no pudo ver con buenos ojos a un hijo adoptado. Incluso, muchos años después, cuando su hija, también Lety, quiso adoptar un niño, ella rechazó la idea. Iba contra su naturaleza. Para ella sólo había una forma de llevar su vida, la línea recta que ella misma trazaba. No aceptaba ni los divorcios, ni los hijos fuera de matrimonio, ni las uniones libres, ni nada que se saliera de lo que ella consideraba correcto”.

Con suntuosa ceremonia, contrajo matrimonio con Vicente, en 1936, no sin que antes sus atributos y juventud hubieran sido cortejados al parecer no pocas veces.  Según cuenta su hermano Antonio, cuando vivían en una vecindad en las calles de Uruguay, en la ciudad de México, Ticha tuvo un novio, Pepe Romo, estudiante de medicina, que se mereció ser recordado en las memorias de la familia, por haber reducido a Antonio la fractura de un brazo, con la particularidad de haberlo hecho sin anestesia alguna, lo que explica que Pepe y quizás también la madre de Pepe, hayan sido recordados por Antonio.

Oscar, su hijo, recordaba: “Cuando fue estudiante en el Conservatorio, en la carrera de Canto, tuvo un pretendiente, un estudiante de violonchelo, de nombre Teodoro Campos Arce. Ella le decía Teadoro Campos Arce, con lo que hacía volar a Teodoro. Cuando Leticia se recibió, ya estando casada con Vicente, dio un concierto en el Anfiteatro Bolívar. En la ceremonia, Vicente fue a sentarse en primera fila, con tan mal tino, que lo hizo junto a donde estaba Teodoro. Éste comentó que estaba ahí únicamente por escuchar a Leticia, a lo que Vicente le respondió airadamente que, a él, siendo orgulloso esposo de la laureada, lo había traído la misma causa.”

Esperamos que la biografía de Leticia se vea aquí enriquecida por aquellos que la conocieron y saben más de ella. Fue una mujer ejemplo de entereza, principios y fidelidad, que confrontó muchas adversidades, superó cuanto obstáculo encontró y logró sus objetivos más importantes en la vida, no obstante haber vivido poco menos de 54 años.

Leticia profesó un amor incondicional a su padre, con quien mantuvo una relación cariñosa a cuan más, no obstante que él, como los hermanos de Leticia, llevaron una vida muy alejada de lo que ella creyó debía haber sido. Dos de sus tres hijos viven, Leticia y Oscar, quienes, junto con otros, esperamos se animen a abundar en datos, anécdotas y descripción de nuestra querida Ticha.

Oscar escribió, hablando del regreso del viaje a Europa, que su madre anheló y logró: “Regresando a México, Leticia empezó a sentirse mal de la columna, seguramente por tanta caminada o por cargar las maletas. ¿Estaría dándole reumatismo?… nada de eso. Ese fue el principio del cáncer que se la llevaría en pocos meses. Vivió sólo cincuenta y tres años, pero logró sus objetivos. Una corta vida, pero razonablemente feliz, y se ahorró ver mucho que creo no hubiera sido de su agrado.”

Marco Antonio Peláez Díaz

👉🏼 fototeca de Marco Antonio Peláez Díaz 👈🏼

Marco Antonio, el del entrañable tiempo al que perteneció, al que se aferró con garras y ferocidad no vencidas

Marco Antonio, sexto de los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974), nació en la población de Nogales, en el estado de Veracruz, en México, el 17 de enero de 1917.

Sus hermanos, hijos de Carlota: Gudelia (1903-1988), Rebeca (1907-1908), Emilio (1908-2002), Octavio (1911-1964), Carlos (1912-1912), Leticia(1913-1967) y Francisco (1919-1951). También sus hermanos, hijos de Rosario Pérez Peláez (1897-1986): Olga (1921-_?_), Elsa (1924-_?_), Yolanda (1928-2011), Fabiola (1930-2013), Mireya (1932-1999), Marina (1934), Salvador (1937) y Ezquiel (1940).

En su vida, Marco Antonio fue llamado o conocido como Toño, Marco, Ingeniero, Antonio, compadre, Viejo y otros motes, apodos, alabanzas o insultos aquí obviados, unos por ignorancia u omisión y otros por recato.

Cuando Marco Antonio tenía dos años de edad, su familia, con él, se mudo de país – según puño y letra del que es motivo de este breviario biográfico – en un viaje que inició el 27 de enero de 1919, embarcándose en el navío “Monterrey”, de la Ward Line, el 11 de febrero siguiente, que finalmente los puso en el puerto de La Habana, Cuba, cuatro días después.

La misma familia – con un hijo más (Pancho nació en La Habana) pero sin Santiago, su padre, que distanciado de Carlota permaneció en Cuba – regresó a México el 31 de julio de 1920. Según las memorias de Marco Antonio, sabemos que el viaje de regreso, de Carlota e hijos a Veracruz, lo hicieron en la nave “México”, también de la Ward Line.

A su regreso de Cuba, Carlota y su prole – con los que Santiago se reuniría no más – se establecieron en Córdoba, en donde Marco Antonio cursó hasta el tercer año de primaria, ya que su madre, quizás siguiendo a su hijo mayor, volvió a levar anclas en 1927, llevándose el atillo con los suyos, esta vez en tren, a la Ciudad de México. Salvo en los periodos intermitentes en los que por trabajo, placer o aventura fue a otros lares, esa metrópolis sería el lugar en la que Marco Antonio habría de mantener su residencia y terminar sus días.

Por ese prodigio de memoria que le caracterizó, sabemos que su educación escolar fue, entre otras, en la escuela primaria “No. 90”, la secundaria “No. 1”, la “Escuela Superior de Construcción” y en el Instituto Politécnico Nacional, en el que completó sus estudios en el año de 1939, obteniendo de esa institución, años después, el título de Ingeniero en Estructuras. Cabe mencionar que, con un detalle asombroso, en las memorias que empezó a escribir por ahí de 1980 y en las que nos heredó la riqueza de sus vivencias, dejó escritos los nombres de sus compañeros de escuela y de trabajo, las ciudades y calles donde vivió, las actrices y actores, políticos, maleantes y benefactores de su época, haciendo pensar que a todas y todos los trajo en la piel, toda su vida.

Desde principios de los años treinta y hasta los ochentas del siglo XX, Marco Antonio trabajó quizás en todos los estados de la República Mexicana, para y con diversidad de personas, incluyendo incursiones en la autonomía, en una secuencia de variantes que parece haber obedecido más al azar que a plan alguno. Así él mismo recordó, entre más que aquí no mencionamos por brevedad intentada, entre aquellos con o para los que trabajó, podemos mencionar a sus hermanos Emilio, principalmente (e igual su mentor, rayano y antípoda, rencor y camarada), Octavio y Pancho, dependencias de gobierno y compañías constructoras varias, en algunas de la cuales fue copropietario.

En su vida de constructor, a la que su hermano mayor y el destino – por así llamarlo – lo incorporaron, Marco Antonio fue principalmente “caminero”. Los detalles y pormenores de su vida profesional han quedado en las memorias que escribió y a las que seguiremos haciendo referencia y utilizando en este sitio y experimento electrónico, que aquí compartimos con ustedes.

También detalladas están sus abundantes memorias amatorias, insertadas cuidadosa y cronológicamente en sus escritos. En el sinnúmero de amoríos y múltiples amores, Marco Antonio parece haber seguido también un derrotero fortuito, con un olfato para mujeres que él mismo evidenció, reconociendo que la trascendencia o intrascendencia de sus relaciones con ellas se debieron más a la suerte y acciones o desdenes de ellas, que a las de su propio y libre albedrío.

Así, dijo haberse enamorado perdida e irremediablemente de Berta Linares Tarango, “…amor que duró lo que una guerra…” (siendo esta la Segunda Mundial), pero del que, aún años después, dijo no haberse recuperado -, y luego contrajo nupcias con Josefina Olivares Piña (1921-2009), e hizo familia con ella y también con Alicia Parera Carrera (1924-2017), en una clandestinidad que acabó no bien, y con una simultaneidad de casi cuarenta años que, por común en su lugar y tiempo, por periodos pareció tolerada o hasta pasó desapercibida, pero no por eso dejó de ser controversial y lastimó a muchas y muchos, dejando surcos y estelas que más de uno siguen todavía tratando de remontar.

En orden cronológico de los nacimientos de sus sucesores, los Peláez de Alicia fueron Fernando (1945), Octavio (1954) y Adela (1957), y los Peláez de Josefina fueron Yolanda (1944), Patricia (1948) y Francisco (1949).

Antonio fue de su tiempo, y de lo que en él sucedió se nutrió ávidamente. De manera autodidacta, se aficionó a la historia de México devorando libros, con voracidad que le acompañó desde su infancia.

El de esta biografía acumuló un acervo cultural y un conocimiento de su país y su historia, que fueron juzgados por los que le estuvieron cerca como unos muy por encima de los de alguien razonablemente educado, pero que él mismo menospreció, con una modestia de dudable credulidad.

Sus lecturas y el gozo de algunas de sus vivencias y memorias, a diferencia de su carrera profesional o vida amorosa, fueron de su completa elección e intensamente deliberadas. De entretenimiento cautivante fue el oirlo platicar de sus gustos por lo que leyó o leía y por lo que vivió o vivía (esto último cuando la audencia fue de resiliencia y criterio amplios y tolerantes).

Entre las empresas que sí eligió, estuvo la de ser caballista en el Hipódromo de la Américas. Por ahí de los años sesentas; así, por nada más que por gusto, compró y también crió caballos así llamados pura sangre. Como la de ser contratista en los años 50’s, 60’s y 70’s, y las de terrateniente y casero en varias épocas, las empresas que emprendió se diluyeron en esa inhabilidad para conservar bienes que caracterizó tanto a él como a sus hermanos. Existe la posibilidad que, al contrario, estos hayan tenido la habilidad inescrutable de desahcerse del peso de haberes, para volar mejor…

Marco Antonio, amante de animales e innato labrador de cariños y bondad, pero también de escarceos amorosos, mantuvo una fidelidad (que no necesariamente dedicación) incorruptible e incondicional a sus hijos y amigos. Aunque quizás la máxima y confesa de sus fidelidades fue la incondicional que le tuvo a su madre, la única entre las mujeres en su vida (y no), de la que se sabe él estimó de inmaculada reputación.

Poseedor de miles de libros, sigue debatíendose si fue agnóstico, apóstata o incrédulo, pero selectivo fue con las supersticiones que eligió adoptar – creyente y buscador de las séptimas coincidencias, a las que se consideró sentenciado – Dió y bebió algunas hieles, mismas que llegó a rumiar; fue carismático como el que más y, hasta el final, amante de la música, el festejo y el buen vestir, comer y beber. Tahúr no pareció, pero jugador fue; de naipes, amigos y tabaco fueron muchas de sus noches y amaneceres, mientras tuvo qué apostar.

“… le aburre, sólo el humo del tabaco simula algunas formas en su frente…”

Marco Antonio fue un mestizo, amante de y amado igual por aborígenes, criollos e invasores, sabedor de mucho, capaz de repetir de memoria sus versos preferidos – la poesía fue compañera a la que sus amantes deben haber tenido envidia – que supo bien de dónde vino y, en ocasiones, pareció haber preferido no elegir a donde ir. Sus silencios llegaron a decir más que sus palabras; vivió los últimos veinte años de su vida sedentario, inconforme con la bocana a la que llegó el río, pero en un cómodo fatalismo, que para su suerte y por su habilidad de sustentarlo con la ayuda y el cuidado de quienes le rodearon, le dio también ratos en los que hasta un dulce le pareció “un poema” (murió siendo un declarado auto-diabético).

Marco Antonio Peláez Díaz dejó de existir el 7 de octubre de 2005, en Naucalpan, Estado de México, en la vecindad de su domicilio, habiendo dejado la huella indeleble de su personalidad, una ya mermada y dañada biblioteca, sus manuscritos de atesorar, y un vacío que quizás se olvide, pero al que no habrá cómo llenar.

Quienes lean habrán de enriquecer este bosquejo biográfico, con lo que de él supieron. Que así sea…

Juan Emilio Federico Peláez Díaz

👉🏼 fototeca de Juan Emilio Federico Peláez Díaz 👈🏼

No es fácil hablar de Juan Emilio Federico Peláez Diaz y es aún más difícil hacerlo sin involucrar las emociones. Él, Emilio, «El ingeniero Peláez» como solían llamarle, nació un 30 de diciembre del año de 1908 y esto sucedió en Tierra Blanca, Veracruz.

Hijo primogénito de Santiago Peláez Galán y de Carlota Díaz García, Emilio reveló desde muy joven una aguda inteligencia. En enero de 1919, siendo Emilio aun un niño, su padre decide emigrar a Cuba por diversas razones. La familia vive en la penuria, Santiago es un soñador que sólo logra un frágil equilibrio económico ejerciendo actividades administrativas. Al llegar a Cuba, Carlota y Emilio deben trabajar para completar el ingreso de Santiago. Viven en casa de de una hijastra de Carlota. Emilio, con escasos 10 años de edad, reparte leche empujando un carro de madera. Ya viejo, me contó que Enrico Caruso, el mejor tenor de todos los tiempos, fue a La Habana a dar un concierto y Emilio, empujando su carro, pasó frente al teatro en donde esto sucedía. La voz de Caruso se escuchaba desde la banqueta. Emilio, a los 10 años de edad, se detuvo y suspendió su trayecto para escuchar a Caruso… . Probablemente, con el calor de La Habana, perdió la calidad de su cargamento de leche, pero… escuchó a Caruso.

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La familia antes de irse a Cuba

El lector comprenderá sin duda que, como tantos otros niños obligados a trabajar desde temprana edad, Emilio desarrollo una madurez precoz.

Los ingresos de Santiago empezaron a mejorar y al mismo tiempo, la relación entre Carlota y Emilio se deterioró (¿una huachinanga? como dice la canción) y en julio de 1920 Carlota decide regresar con sus hijos a México, mientras que Santiago permanece en Cuba uno o dos años más. La familia, ya liderada por el matriarcado de Carlota, se establece en la ciudad de Córdoba, Veracruz.

Es necesario mencionar que Carlota, desde el año de 1900, tenía la profesión de maestra de escuela primaria y es muy probable que, haciendo un enorme esfuerzo, haya puesto a Emilio en la escuela sin obligarlo a Trabajar. En Córdoba Emilio cursa la educación primaria y en Orizaba la secundaria. Es fácil deducir, cuando se miran las fotografías incluidas en este sitio, cual era la situación económica de la familia; El salario de Carlota como maestra en aquella época post-revolucionaria, debió ser muy reducido.

Emilio en 1927

En 1926, cuando Emilio se dispone a cursar la preparatoria en la Ciudad de México, Carlota lo envía de avanzada para rentar una vivienda e inscribirse en la escuela de San Ildefonso (la meca escolar en aquella época). Cuando digo que lo envía «de avanzada», es porque Carlota había decidido emigrar a la ciudad y ofrecerle a sus hijos la posibilidad de estudiar. No tenemos el dato de en qué momento Emilio viaja a la ciudad, pero si sabemos que en 1927, toda la familia llega a la estación de tren de San Lázaro, en donde Emilio los espera para llevarlos «a casa» en una carretela que rodaba por los caminos de tierra que abundaban en la ciudad. Emilio tiene 19 años y es ya un hombre.

La vida en la Ciudad de México está llena de incontables anécdotas que esperamos poder narrar poco a poco.

Entre 1927 y 1930, y entre Jalapa y México, Emilio cursa la escuela preparatoria y los estudios profesionales para graduarse como Ingeniero Topógrafo e Hidrógrafo. A pesar de haber querido graduarse como ingeniero civil, la situación económica de la familia lo obliga a elegir una formación más corta.

Emilio se gradúa (según su diploma) el 3 de febrero de 1930 y al cabo de algunos esfuerzos empieza a trabajar,

A partir del momento en que Emilio logra «colocarse», empieza a hacer dinero rápido y en muy poco tiempo la precariedad de la familia desaparece.

Al cabo de su graduación como ingeniero

En las memorias de Marco Antonio, su hermano, leemos: «Emilio – nos aventajó en todo a todos, excepto en estatura. Deslumbró a mi padre al bautizar a la luna como la “lámpada in chelo” cuando tendría tres años a lo sumo».

Emilio fue capaz de acumular una considerable fortuna a lo largo de su vida, pero no tuvo la capacidad de conservarla. A pesar de haber trabajado denodadamente casi todos los días de su vida para hacer dinero, era claro que, el dinero – per se- no era su objetivo pues lo dilapidó a veces en caprichos y frecuentemente ayudando a los que le rodeaban, ya fuesen familiares o amigos, muchos testimonios acreditan esto.

Hombre culto, con una enorme facilidad para el cálculo matemático, Emilio construyó una enorme biblioteca que, en su vejez, le heredó a sus hijos.

Emilio se casó muchas veces en su vida y engendró 12 hijos con 6 mujeres. Su carácter impulsivo, su avidez sexual y la pobre imagen que tuvo de la mujer fueron probablemente el motivo de su actitud, sin embargo, ese es un secreto que Emilio se llevó a la tumba.

El primer matrimonio de Emilio fue en con América Orozco en 1932, con quien tuvo dos hijas.

En 1935 contrae matrimonio con Herminia Vega Argüelles, con quien tiene cuatro hijos.

En 1943 vuelve a contraer matrimonio con Natalia Cuesta Porte Petit con quien tiene 2 hijos

Para 1948 contrae matrimonio con Carmen Cano y trae al mundo dos hijos

Después de Carmen, contrae matrimonio con Esperanza Alarcón, con quien también tiene dos hijos y de los cuales solo uno sobrevivió.

Emilio se casa una última vez ya en su edad madura con una joven llamada María Luisa Guerrero Estrada con quien por su edad ya no puede tener hijos.

Como todos los seres humanos, Emilio tuvo virtudes y defectos y toda intención de comparar unos con otros es absurda.

Como un homenaje, me serviré de las memorias de su hermano Antonio, quien sin duda lo conoció más que muchos:

«Mi hermano […] es, quizás, la persona a quien más quise en mi vida y más influyó en ella. […] sólo me limitaré a citar algunas de sus virtudes cardinales que nivelan, en exceso, su estado de cuenta con sus defectos.

1º         Fue un hijo excelente, si tomamos en cuenta su conducta con mi madre y sus rasgos de generosidad con mi padre que nunca fue un modelo de amor paterno para nosotros.

2º         Ayudó a todos sus hermanos, consanguíneos o no, sin esperar reciprocidad de ellos

3º         Fue fiel a sus amigos a los cuales dispensaba de todos los defectos por el hecho de serlo. A [Francisco] Martínez de la Vega, el gran periodista, lo ocultó en su casa durante la persecución que hizo el Alemanismo de los Henriquistas no obstante que su posición de protegido del Lic. [Fernando] Casas Alemán lo comprometía en extremo.

4º         Nunca cultivó odios a ultranza y siempre tuvo

5º         Actitudes conciliatorias para todos aquellos con los que había tenido alguna diferencia.

6º Lector incansable y conversador ameno, salpicaba sus pláticas con citas, a veces ciertas, a vece incompletas, a veces inventa- das, pero que hacían de él un contertulio inmejorable. De él pudiera yo haber escrito un libro como el de Don Artemio sobre Salado Alvarez: “J. Emilio Peláez y la Conversación en mi vida”.

7º         Panteista ingénito y ateo gracias a Dios, nublaba la mirada ante un crepúsculo en el desierto o un amanecer en el mar y profesaba un sentido solidario con los pobres que se manifestaba en su trato con los trabajadores especialmente con los peones.

8º         Propenso a ofender estaba presto a borrar la ofensa haciendo uso de cualquier medio para lograrlo. Excepción hecha de alguna de sus mujeres, no conocí persona que cultivara odio permanente hacia él, a pesar de haber tenido problemas de trabajo o de intereses que lo hubieran justificado.

9ª En contraposición a su infidelidad tradicional en el aspecto amoroso, siempre tuvo la devoción de atender los problemas económicos de sus diversas mujeres o cuando menos a tratar de hacerlo cuando su estrella declinó y ya no pudo hacerlo cabalmente, o ellas no lo aceptaron.

10ª Tuvo actos de verdadera nobleza como los que a continuación paso a relatar: En el año de 1940 que salió a Bolivia en pos de un contrato que trataría de obtener para la compañía de Gama y Oriani, dejó a mi padre cerca de cien mil pesos – entonces una fortuna – para que se comprara una casa y pusiera algún negocio, no obstante que este señor había tenido para nosotros una conducta poco noble al determinar que al cumplir 15 años mi hermana Leticia había cesado su obligación de enviarnos la magra mesada – ¿100 pesos? – con que nos ayudaba. Así mismo ayudó a mi hermano Octavio a poner un taller de vulcanización y al marido de Leticia a comprar una pequeña fotografía en las calles de La Rosa, la cual junto con su perseverancia y gran calidad de fotógrafo fue base de su fortuna.

Es difícil agregar algo a este testimonio. Emilio trabajó hasta los 84 años y por última vez, el fruto de su trabajo fue repartido entre sus familiares. Los nueve años restantes, vivió con sus hijos Emilio y Víctor.

Al final de una vida llena de aventuras, un diez de septiembre del año 2002, su cuerpo cansado cesó de funcionar. Fiel a sí mismo, valiente hasta el final, Emilio luchó por seguir viviendo hasta el último momento de su vida y a las 3 de la tarde de ese día exhaló su último suspiro.