Mi viejo

¿Con qué te han forjado, viejo?
¿A base de qué te hicieron?
Después de cada revés,
y aunque grave te hirieron,
te has levantado después
y has vuelto a emprender el vuelo.

No lo sabes, pero yo
te admiro porque te veo
luchar contra la marea, arremeter contra el viento y en cada fracaso ya
vas logrando triunfos nuevos.

Llevo mucho de tí en mí,
tu música está en mi cuerpo
tú sangre corre en mis venas
y en el transcurso del tiempo,
en tu bohemio vivir,
hemos sido compañeros.

Señor de pocas palabras,
señor de muchos desvelos
¿Todavía no lo sabes?
¿Preguntas por qué te quiero?
Te quiero por ser quién eres,
te quiero por ser mi viejo.

Febrero 2001
Para el Pato, de su Lucas

Laura Peláez

Mi hermano El Pato

Fototeca de Emilio «El Pato Peláez»

En la vida aprendí que la consanguinidad no basta para clamar la fraternidad, es necesaria esa amistad que engendra el amor o ese amor que engendra la amistad. Emilio Peláez Vega, apodado “El Pato” por la forma de su boca, fue primero mi amigo y luego mi hermano.

Debí de haber tenido diez u once años cuando descubrí los lazos que debían de unirme al Pato por el resto de mi vida.

Un buen día, Pato llego llevando bajo su brazo derecho u montón de discos (los long play de aquella época) y en la mano izquierda una flamante guitarra. Yo salía en aquella época de una hepatitis aguda y para mantenerme en cama, mi mamá me había comprado discos y libros mientras que mi hermana Lourdes me había ofrecido un flamante tocadiscos.

Todas estas cosas se encontraban en mi habitación en donde el tocadiscos y un escritorio de dibujo ocupaban la mitad de su superficie y allí, empezó una serie de encuentros que me hicieron descubrir a un personaje que habría de convertirse en mi verdadero hermano, en mi amigo y en mi cómplice de más de una diablura. Puesto que Pato no vivía con nosotros, y dado que trabajaba con mi papá, sólo nos visitaban de vez en cuando y yo siempre estaba ávido de verlo de nuevo.

Los años pasaron y cuando cumplí quince años, un buen día llegaron Pato y mi papá a bordo de un automóvil Renault rojo que era una verdadera carcacha pero que, en cuanto me dijeron que se trataba de un regalo para mí, se transformó frente a mis ojos (como la carroza de la cenicienta) en un flamante bólido cósmico. Aunque mi papá reclamó la autoría del regalo, después me enteré que el bólido era propiedad del Pato.

Un año después, Pato dejó de trabajar con mi padre y se compró un camión de remolque marca Dina-Fiat. Pato, quien entonces tenía 26 o 27 años, se transformó en piloto (que no chofer) de ese vehículo que, como mi Renault, era para él y por ende para mí, una máquina maravillosa.

Poco después llegó 1968 con todas sus calamidades sociales y yo dejé de estudiar durante muchos meses. Esta situación me permitió frecuentar al Pato más seguido y subirme al Dina con él e incluso manejarlo. Este Dina nos permitió vivir algunas anécdotas, como auel día que Pato llego a la casa con un Atún al hombro:

El año siguiente, Pato se casó con una vecina nuestra Martha Guerrero Estrada y al más puro estilo del Pato, me invitó a ser testigo de su boda civil, sólo que yo era aún menor de edad y no tenía derecho de fungir como testigo, pero sí de fingir como tal y mediante turbios trámites del Pato, allí estuve presente (una vez más cómplice) y si, testigo de un amor que habría de durar para siempre, sólo la súbita muerte de Martha más de tres décadas después interrumpió su convivencia, pero no su amor.

En uno de esos saltos cuánticos de la vida, en 1971 yo decidí irme de casa y viajar por el mundo. Pato y mi papá me llevaron a la estación de autobús y me ofrecieron un boleto hasta Tapachula en Chiapas. No habría de volver de ese viaje sino hasta 1975. Pato vivía en Tehuacán en el Estado de Puebla y yo me inscribí en la universidad. Frecuentes domingos fueron nuestros, ya fuese en Tehuacán o en la ciudad de México y a la guitarra y la música se sumó otros cómplices legendarios: el tequila y el Bacardí.

En 1979, me enamoré de la que fuera más tarde la madre de mi hijo y la razón de mi emigración a Canadá. Mi relación con Pato se transformó en un fantástico epistolario que conservo como un tesoro en mis archivos.

Una vez más los desaciertos me llevaron a regresar a México en 1985, el 12 de octubre. Un poco después del catastrófico terremoto. Allí estaba Pato con los brazos abiertos.

Unos meses después de mi llegada, fundamos una compañía de desarrollo de programas informáticos. Mi mamá había fallecido un año antes y yo ocupaba la que fue su casa. La transformamos e hicimos nuestra oficina allí. Locos e inexpertos, llevamos la compañía al fracaso en poco tiempo pero… ¡nos divertimos como enanos!  

En esa época, Pato escribía en el periódico “Sin barreras” de Tehuacán bajo el pseudónimo Ajiro San. Sus artículos eran el reflejo de la forma de ver la vida de mi querido hermano: El sentido del humor, el cual ha cultivado asiduamente durante toda su vida. Recientemente publicó un libro con sus cuentos y su sentido del humor.

Cuando viví en Canadá experimenté el milagro de procrear un hijo, mi hijo Dimitri; cuando regresé a México separado de su madre, Dimitri venía a verme todos los veranos y algunas navidades. Estando trabajando en nuestra empresa, decidimos llevar a Dimitri de regreso a Canadá en una camioneta Pick-up que Pato tenía en aquel entonces, y es así como vivimos una aventura más, un viaje de ida y vuelta Mexico-Montreal-Mexico, algo así como 8,000 kilómetros de pura diversión.

Podría extender esta narración durante muchas páginas pero no es el objeto de estas líneas. Quizá más tarde escriba otros capítulos de esta historia. Por el momento me limito a decir que Pato es uno de los personajes más importantes de mi vida.

¡Un tipazo! Como decía mi madre.

Carta a mi madre

Querida mamá.

De la misma forma en que, cuando visité a mi tía Gudelia en su lecho de muerte me dijo: “si ves a tu mamá, salúdala de mi parte” y viendo que yo guardaba silencio me aclaró “ya sé que está muerta, pero si la ves en tus sueños, salúdala de mi parte”, es que hoy te escribo estas líneas.

Ya sabes, te lo dije en alguno de tus aniversarios luctuosos “Lo que en la tierra —donde una parte de tu ser reposa— sepultaron los hombres, no te encierra; porque yo soy tu verdadera fosa. Y recurrentemente esa parte de mi que eres tu, y que vive en mi alma, se ampara de mi espíritu desafiando al tiempo, o a ese misterio que desde tu muerte nos separa, pero no nos aleja y te hace presente y me permite escribirte con la esperanza de que puedas leerme.

No me engaño, o por lo menos eso creo, se que al dirigirme a ti me dirijo a esa parte de mi que eres tú, pero eso me basta.

No estoy seguro de añorar esa ignorancia que cándidamente llamábamos la paz y que maquillaba el miedo o la incertidumbre cotidiana, apenas disfrazada con la dignidad inflexible con que vivías cada uno de tus días y que desafortunadamente no aprendí, no heredé. Lo que si heredé es esa certeza de que nuestro pasado es más seguro que nuestro presente. No insistiré mucho en esto ya que, si vivir es difícil, es aún más difícil narrarlo con el engañoso lenguaje escrito.

Más de la mitad de mi vida la he vivido sin ti y cuando me pregunto en qué me he convertido, lo primero que me viene a la cabeza es: en un huérfano. Ningún gozo, ninguna felicidad ha logrado adelgazar tu ausencia ni la nostalgia que ella me provoca. El pasado sigue siendo más seguro que el efímero e incomprensible presente.

Tu muerte nos separó y la mía no nos reunirá, por eso, ese lugar cuyo entorno es la imaginación el sueño y el recuerdo y en donde el tiempo no puede ejercer su devastadora influencia, seguirá siendo nuestro verdadero hogar.

Me diste la vida, me desprendí de la tuya carnal y espiritualmente. Digo esto porque indudablemente siempre estuve en ti y papá vino a despertar la alquimia del amor para que pudiese desprenderme de tu cuerpo sin que anímicamente nos fragmentásemos. La vida mamá, es más que la fisiología y el espíritu (es decir la razón), la vida es también el alma, pero esta es tan perecedera como el cuerpo y el espíritu.

Cuando digo que tu muerte nos separó y la mía no nos reunirá (frase que le robé a Simone de Beauvoir refiriéndose a la muerte de Sartre) lo que quise afirmar es que el mito de la eternidad y sobre todo la eternidad del alma, nunca ha encontrado asilo en mi espíritu que es el único instrumento que tengo para entender el mundo.

Hoy le hago un mínimo homenaje a papá – Aquel que llevaba en su maleta todo lo que poseía- como tu decías; se lo hago tomado de la mano de este nuevo hermano que fue mi primo y que la alquimia de la amistad transformó en mi hermano, Pancho Peláez Olivares, hijo de nuestro añorado Antonio, mi tío y tu cuñado y amigo. Pero un homenaje a papá no te puede excluir puesto que nací de ustedes dos y porque su paso por nuestras vidas (la tuya y la mía y la de todos los que tocaba -como Midas el oro- como un incontenible huracán nos transformó a todas y todos moviendo nuestros destinos y esculpiendo nuestras realidades.

A veces gracias a él y frecuentemente a pesar de él tejimos nuestras vidas durante muchos años. Gracias a él leimos el Quijote, el Sócrates de René Kraus, Las ruinas de Palmira del conde de Volney, el San Pablo de Ernesto Renán, los cien años de Soledad de García Márquez o Mis primeros dos mil años de Viereck y Eldrige … y tantos más.

También conocimos México tomados de su mano ¿recuerdas? Sería inútil describir aquí todas esas vivencias en donde parecía que nos llevaba a conocer los caminos que él había recorrido muchas veces antes.

Me contabas con emoción (a pesar de que habían pasado los años, muchos de ellos) que cuando te besó por primera vez te desmayaste y que el primer reloj de tu vida él te lo dio. Quizá como nadie, fui testigo de ese amor, que nunca supieron destruir ni el rencor ni las desavenencias de sus locuras.

No todo fue bueno ya sé, las tormentas y los tormentos que provocó su inestabilidad emocional fueron numerosos…

En ese movimiento pendular entre el paraíso perdido y el paraíso encontrado y vuelto a perder, se trenzaron nuestras vidas y con ellas la huella indeleble del amor

Tu hijo

Víctor

Allí

Allí donde el silencio se anuda en las gargantas

Con un deseo sordo de estallar en suspiro;

Allí donde la noche de veinticuatro horas

Se esparce por las almas llenándolas de frío;

Allí donde la tierra agrieta sus entrañas

Y deja ver el cieno que alimenta escondido;

Allí donde los valles se convierten en páramos

Y los hombres se pierden deshojando infinitos;

Allí donde no existe la palabra que nombro,

Donde los sentimientos se convierten en vicios,

Y donde la mirada que busca su contorno,

Es un pájaro herido;

Allí donde las sombras se funden en las cosas;

Allí donde los pasos no encuentran los caminos;

Allí donde el destino se halla ebrio de caos;

Allí donde dios mismo se encuentra confundido;

Allí donde no hay credos;

Allí donde los júbilos

Son apenas esbozos de un recuerdo tardío;

Allí donde no existe la dimensión de un beso,

¡Allí te necesito!