Memorias

Las memorias de Marco Antonio Peláez Díaz y la obra de su hermana, Yolanda Peláez Pérez, son los apoyos más importantes y comprometedores de pelaezgenealogia.net.

«De las noticias que tengo de mis ancestros, no sé de alguno que se haya preocupado por dejar – o haya dejado -huella escrita de su paso por la tierra, para noticia de sus sucesores…«. Así reza el inicio del prólogo del segundo volumen de dichas memorias.

En efecto, sus ancestros parecen no haber dejado señas de tal preocupación. Y Marco Antonio y Yolanda no supieron de los escritos de una y el otro, que con coincidentes intenciones habrían de heredarnos. Él escribió las últimas letras de sus memorias, fechándolas en enero del año 2000. También en enero, pero del año 2008, en el tercer año posterior al de la muerte de su hermano, Yolanda habría de fechar los tres tomos de su «Rescatando nuestro pasado».

Son cuatro libretas de manuscritos las que contienen las memorias de nuestro Marco Antonio. Tanto él como Yolanda han dejado esa, la huella de su paso por la tierra y en ella nos han heredado el compromiso de mantener esa llama que los encendió y que habrán de mantener los que les sigan, enriqueciendo el acervo de nuestras historias.

Una vez terminadas transcripción y edición de dichos manuscritos, serán convertidos a un medio electrónico, para incluirlos en este sitio.

Rescatando nuestro pasado

Obra en tres tomos, de Yolanda Peláez Pérez. Prólogo de Fabiola Peláez Pérez. Presentación e ilustración de Salvador Peláez Pérez.

Fechada en Orizaba, Veracruz, México, el mes de enero de 2008.

En 2009 ó 2010, la autora obsequió un ejemplar a sus sobrinos Patricia Peláez Olivares, Oscar Martínez Peláez y Francisco Peláez Olivares.

Con el fin de incluirla en pelaezgenealogia.net, por ser uno de los dos más importantes escritos en la recopilación de la historia de la familia, la obra de Yolanda será editada y transcrita a un medio electrónico

* La Extraterrestre

Por Gabriela (Gabba) De la Mora Peláez

Nunca me gustó sentarme cerca de los baños en los restaurantes. Me atacaban pensamientos paranoicos. Pensaba en los gérmenes, en partículas insalubres que flotan por el aire, se meten por la nariz, caen en el cabello, se quedan en la piel, contaminan los cuerpos, el entorno, la comida, la vida… Una obsesión – así le llamaba él – que me ha costado aniquilar.

Antes, cuando él se reía – risa tierna, cómplice, divertida – y por algún motivo nos tocaba sentarnos relativamente cerca del baño, yo simplemente no podía comer y a él le parecía adorable, parte de mi uniqueness, decía. Él, todo un caballero, pedía cambio de mesa y me decía: “mi Tontita, ¡tienes que comer!, es por los hijos que tendremos, quiero un Emilianito fuerte en cuanto nos casemos…”

pero eso era antes…

…antes de que la risa fuera burla, humillación, y yo le pareciera una vergüenza que desataba su furia, sus reproches e insultos. Cuando dejé de ser “su Tontita”, para ser “la loca esa”, e incluso una completa estúpida, como me llamó cuando me sacó del baño del Prendes, mientras lavaba mis manos, por segunda vez – aunque él sabía bien que lo correcto son tres – me apretó el brazo y, con la mandíbula trabada entre dientes, murmuró: es-tú-pi-da.

Tengo que admitir que usar baños públicos es muy difícil para mí, y lo evito hasta que sea ineludible, pero tomo todas las

precauciones posibles, porque todo ahí es asqueroso, aun cuando intentan engañarnos con olor a limpiadores, aun cuando se vea mentirosamente impecable. Justo como él, mi exmarido: ungido de sus trajes de diseñador, sus corbatas finas y sus lujos

inevitablemente, nos contaminamos por culpa de toda esa gente que no se lavan las manos, que salen de la oficina, se tocan la corbata, se alisan las faldas, se tocan entre ellos, se sientan en sillas inmundas, contaminan nuestras vidas y se atreven a comer mientras respiran aromas deliciosos, pero se impregnan de toda esa porquería.

Contradictoriamente, mientras practico el ser invisible y bebo café, de sólo pensar en esos olores, salivo, y un recuerdo lejano me sacude como un bofetón: comida árabe corriente, un menú chino grasoso y un pay de manzana frito: comida barata, como para saciar el hambre de tres personas. Recuerdo haber pedido todo para llevar, porque la vergüenza de que un montón de desconocidos, disfrazados de oficinistas, me vieran comer en tales cantidades, era incluso peor que el asco de compartir con ellos una mesa en el área de comida rápida.

Atraqué TODO, escondida en mi impecable camioneta, en el último piso del estacionamiento del centro comercial, y con una voracidad desconocida para mí. No entendí que mi cuerpo me anunciaba a gritos que estaba embarazada por primera vez: la primera de cinco. Y tampoco podía imaginar que mi cuerpo me traicionaría todas las veces y nunca podría ser llamada mamá… No, no hubo ningún Emilianito.

Presiono mi taza de café para alejar el doloroso pensamiento, mientras recuerdo que eso fue antes, en aquella otra vida, cuando pensé que sería feliz, que tendría hijos perfectos. En donde yo era perfecta. Hoy me parece que eso le pasó a otra persona.

Eso sí, ya no soy aquella. La terapeuta me dice que tengo que encontrar a mi “nueva yo” y, por eso, día con día, trabajo en reinventarme. Cada día destrozo mis costumbres, me desintegro, me borro poco a poco, me asesino lentamente y todas las veces que sean necesarias para dejar de ser “esa” Pero aún soy sólo nadie; pero ser nadie es mejor que esa: “la Loca”, la defectuosa, su esposa.

Quiero ser ésta nadie un tiempo. Disfruto de esta suerte de invisibilidad que permite este estadio intermedio, cuando logro controlar la ansiedad y experimento cosas nuevas. Justo como ahora, que me atrevo a sentarme sola, en un restaurante al aire libre, a tomar café y a estar sentada cerca del baño. Eso sí: nunca, nunca de frente a las puertas, sólo en un ángulo en el que pueda dominar quién entra y sin que sea yo lo primero que distingan al salir.

Es sencillo pues, en este afán de ser invisible, he descubierto que a la mayoría de la gente le da pudor que la vean salir del baño. Tratan de pasar desapercibidos, no hacen contacto visual, ven por arriba de las cabezas de los desconocidos, como si buscaran a alguien, y salen lo más pronto posible de donde orinaron, defecaron o incluso algunos, hasta se masturbaron…

¡cerdos!  – como mi asqueroso marido… OK: EX, exmarido – Salen del baño como se sale de un hotel de paso: aceleran, se avientan al arrollo, sigilosos, rápidos, escurridizos, tímidos pero liberados; tal vez hasta orgullosos, como él lo hacía antes de ser yo su viuda.

Nunca sabré si lo hacía por vengarse de mí, del “defectito” de no poder ser madre. Aunque he pasado noches enteras pensando que me “descompuse” por culpa de toda la inmundicia que trajo a mi casa, después de revolcarse en esas camas nauseabundas, en esos cuerpos repugnantemente impuros y después venir a tocarme, a ensuciarme. No hay agua, jabón o Lysol suficientes para limpiar un solo momento en esos hoteluchos.

Presiono mi taza de café entre las manos, estoy por dejarme ir en este tobogán de ansiedad y sucios pensamientos, pero siento un escalofrío. Otro bofetón que me trae a la realidad. El dolor quiere abrirse paso por mi mente y desgarrarme, como cuando se descorren de golpe las cortinas de una ventana aún soñolienta.

Pongo atención: todo lo provoca el pequeño parado justo frente al baño. Calculo debe tener por ahí de cinco años y está solo. Desde mi rincón invisible busco con quién viene. No veo a nadie alerta, nadie lo observa o cuida.

Mi enojo por la negligencia ajena hace a un lado la amenaza. Veo cómo, con su manita derecha, presiona el pantalón para no orinarse, mientras sus Converse verdes bailan discretamente,

al tiempo que mueve el dedito índice de su mano izquierda frente a su cara.

Descubro que dibuja en el aire las letras de las puertas del baño. Primero la hache. Parece enojarse o desesperarse y hace cara de no entender nada. Me divierte su expresión. Presiona más fuerte con su mano hasta casi cerrar el puño lleno de mezclilla. Rápidamente traza la eme, esa letra sí la conoce y sólo dice que no con su cabecita, parece dudar.

Sin pensarlo ya, camino hacia él. Una alerta se enciende dentro de mí. No debo perder mi capa de invisibilidad, pero no puedo evitarlo: él sufre y nadie más parece notarlo. Egoístas los que pasan por ahí, sólo lo esquivan. Ya estoy junto a él

– ¡hola!

saludo, parándome de su lado derecho

– ¿necesitas ayuda?

él sólo me ve de reojo, me ignora y alcanzo a escuchar el murmullo que, con sus labios apretados  carnosos y perfectos, parece murmurar

– mmmmmmmm ma mmmma-mmmmá

– ¿buscas a mamá? ¿está en el baño?

niega con la cabeza. Su baile se hace más marcado. Brinca hacia la izquierda y sigue con su dedito el letrero en la puerta del baño, dibujando en el aire  la letra “H”. Enérgicamente niega y borra la letra imaginaria, se desespera. Me clava los ojos, ya estoy frente a él, en cuclillas, para ponerme a su altura, esperando generarle confianza. Entonces me espeta:

– no quiero un baño de mamá, quiero un baño de papá,  ya soy grrrrrande

el bofetón de nuevo. Pero ahora no es un recuerdo específico. Es el dolor del anhelo perdido. Un huracán de ternura que quiere destruirme. Quiero abrazarlo. ¡Rápido, piensa algo! ¡No vayas a llorar! (y escucho un “Estúpida” desde el pozo que es mi cabeza)

– esta emmme no es de mamá, es una mmm de mmmarciano    ahí es a donde pueden entrar todos los niños que ya son grandes   y claro, también las marcianas

Espero un segundo a que me mande al carajo, pero no. Sonríe, me agarra del dedo y me jala. Siento un golpe triunfante pero ansioso al centro del pecho.

– ¿me ayudas?

pregunta, mientras se para de puntitas, junta las rodillas y tuerce los talones

caminamos rápidamente al baño. Dudo un segundo, antes de poner la punta de los dedos en la puerta, pero siento toda una vida de desesperación en la presión de su manita, y una yo, que nunca he sido, tal vez la “nueva yo” que quiere emerger, empuja la puerta con determinación.

Entramos, pongo una rodilla en el piso, le desabrocho el pantalón como si supiera hacerlo desde siempre y él entra, a toda prisa, dando un golpe en la puerta del escusado.

Veo un chorrito que moja en todas direcciones, al tiempo que parece descansar su alma pequeñita. Jalo la puerta para darle un poco de privacidad y espero que entre su madre, angustiada o furiosa porque una completa extraña llevó a su hijo al baño, lo tocó sin siquiera lavarse las manos y le bajó los pantalones. Pero no sucede nada…

nadie… tal vez también él sea invisible

Sería TAN fácil desaparecer con él en este momento: podríamos hacer una vida incorpórea, juntos y ser muy felices. Tal vez puedo disuadirlo fácilmente. Sacudo la cabeza para ahuyentar ese abismo, esa idea que me traga, ese hoyo negro.

Mi nuevo amigo sale del baño, me devuelve al aquí y ahora, le sonrío. Me pongo de nuevo a su altura para abrocharle el pantalón, mientras mi boca se abre para no gritar de dolor

– dile a tu mamá que una marciana buena te ayudó a ir al baño, pero que tiene que tener más cuidado, porque hay algunas que son muy, muy malas y podrías desaparecer.

Mis palabras parecen comunicarle peligro: hace un solo movimiento firme de cabeza, fija sus ojos en los míos, asiente y echa a correr. Se me escurre entre los dedos. Me deja con ganas de besarlo.

Me levanto y lo veo perderse entre las mesas hasta que se abraza a una mujer joven, muy delgada, guapa, con el cabello recogido en una pinza y lentes obscuros en la cabeza que ni siquiera voltea a verlo, sólo lo rodea blandamente con los brazos al él tratar de hundir la carita entre sus piernas.

De reojo, me busca para esconderse de nuevo. La madre habla efusivamente con la que imagino es su mejor amiga. Ella parece darse cuenta de que el niño no estaba por ahí desde hace mucho y busca rápidamente por el restaurante algo fuera de lugar, mientras la madre no para de hablar y agita la mano derecha en el aire. Su mirada pasa por encima de mí. Contengo la respiración, pero ella sigue de largo. Soy invisible. Lo logré… y me duele.

Agacho la cabeza y salgo rápidamente, a perderme entre la gente; como el coche que escapa del hotel de paso, acelero, sigilosa, rápida, escurridiza, tímida y me desvanezco en el inmundo arroyo. Siento venir muchas tardes de ansiedad, como tandas de múltiples bofetadas…

Yolanda Peláez Pérez

Ensayo que espera convocar la biografía

Quedando a deberle tanto, este sitio quiere rendir homenaje a Yolanda, por habernos legado el producto de ese, su esfuerzo por decirnos acerca de dónde venimos y quiénes hemos sido.

Hay grandes vacíos en la información que de ella tenemos, oquedades que esperamos nuestras lectoras y lectores vayan llenando.

Yolanda, con una total ausencia de vanidad y, en contraste, con bondad que desborda de cada una de sus páginas, nos ha heredado, en su obra Rescatando Nuestro Pasado, contenida en cientos de páginas, en tres tomos, algunos datos e innumerables anécdotas, eslabones, líneas ancestrales que en el tiempo se han atenuado hasta casi perderse, pero que vuelven a revelarse, a la luz que Yolanda nos ha dado, contribuyendo así al conocimiento de nuestra identidad, en ese contexto mestizo al que pertenecemos, como el resto de la humanidad.

El amor y la dedicación puestos en esos libros nos hacen venerar el acervo que Yolanda hizo y del cual tenemos el privilegio de conservar.

Rebeca Yolanda Peláez Pérez – “La Güera”, como le apodó su padre – fue la primera hija de la unión de María de Rosario Pérez Peláez y Santiago Emiliano Peláez Galán, nacida el 3 de mayo de 1928, en Orizaba, Veracruz, México. En el alegre hogar en el que su familia y ella crecieron, le antecedieron sus hermanas Olga y Elsa, siguiéndole, en orden cronológico, Fabiola, Mireya, Marina, Salvador y Ezequiel.

Percatándose de la enorme tarea a la que Yolanda se entregó, ya su hermano Salvador, en la introducción que escribió para Rescatando Nuestro Pasado, nos advierte: “…el sentir el reto de terminar lo que quizás tiene un gran significado (aunque) para uno mismo…”. El trabajo continúa, Yolanda querida, tu trabajo continúa. El llamado de Salvador a nuestra atención se hace oír, en la misma introducción: “… lo útil y grandioso es que tienes este libro en tus manos…”, reiterándonos la importancia que tiene lo iniciado por Yolanda y que aquí quiere continuarse.

Su hermana Fabiola, escribió, en el prólogo de la obra de Yolanda, “La razón me dice que todo este trabajo que se ha hecho no será en vano…”. He aquí uno de los más importantes objetivos de este sitio: confirmar que el trabajo y dedicación de Yolanda no fue, es ni será en vano.

Pocos datos sabemos de la vida de nuestra pariente ejemplar. ¡Ah, pero de su corazón sí!. En el 2009, ya en el atardecer de su vida, con la ayuda de Ezequiel, su hermano, tres de sus sobrinos, Patricia Peláez, Oscar Martínez y Francisco Peláez, tuvieron el privilegio de restablecer o entablar comunicación con ella y su familia inmediata, en una afortunada coincidencia de tiempos y espacios, que hizo sentir como si los reunidos hubieran convivido una vida entera. La calidez y cariño con los que su familia acogió a esos otrora distantes sobrinos, quedarán en los anales de nuestras experiencias, y habremos de regresar incansablemente a expresar nuestra gratitud por ello.

En las jubilosas reuniones en “la pluviosilla” que sucedieron, se identificaron las coincidencias de interés y entusiasmo que ahora queremos expresar en este sitio. Se trata del conocimiento, descubrimiento y aprecio de las raíces, tronco, ramas y frutos (que seguirán dándose) de nuestro árbol familiar. Fue ahí que encontramos a Yolanda, cuidando de ese árbol, al que ahora queremos cuidar y que se cuide a perpetuidad. Ahora, también habremos de reclutar a los guardabosques del futuro.

En sus escritos, Yolanda nos dice, una y otra vez, que ella fue puro corazón. Nos habló no de datos sino de sensaciones, de fijaciones y vivencias que le tatuaron esa bondad que la caracterizó. No sabemos de las escuelas en las que estudió; muy brevemente, escribió de sus amores. La brújula de su pluma parece haber reconocido a los demás.  Escribió de flores en las habitaciones de su casa, del bullicio de su infancia, de sus aromas, del respeto a sus mayores, de sus emociones, de las de sus seres queridos.

La cronología que pueda inferirse de sus relatos, frecuentemente nos deja en la abstracción de los sentimientos de Yolanda, haciéndonos olvidar la importancia de fechas y datos materiales, y nos transporta a su interior, su madeja de sentimientos y amor por los demás, que es lo que le fue importante.

Tus escritos y pensamientos, Yolanda, están guardados, tanto en papel como en la sangre y el deseo de preservarlos; allí, en el nicho de tu memoria sempiterna

Leticia Peláez Díaz

Para este breviario, se ha contado con la valiosa contribución del tercer hijo de Leticia y Vicente Martínez de Anda, Oscar (Vincent) Martínez Peláez, y con los manuscritos de Marco Antonio Peláez Díaz, hermano de la aquí biografiada.

Ticha – como la llamaban sus hermanos – nació en la población de Río Blanco, en el estado de Veracruz, en México, el 14 de diciembre de 1913. Fue la segunda hija, y quinta entre los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974).

 “…mi hermana Ticha, en quien ya apuntaban aficiones musicales…”.

Leticia estudió canto y se graduó en el Conservatorio Nacional de Música, en la Ciudad de México, en 1934.  Su hijo Oscar alguna vez le preguntó: “¿Por qué abandonaste la carrera para la que estudiaste?… Me dijo que, si no lo hubiera hecho así, se habría divorciado, como habían acabado haciendo todas sus compañeras de escuela.”

Leticia tuvo rectitud y rígidos principios, para conducir su vida y su juicio de otros, que mantuvo siempre firmes e inflexibles. “…Ese fue un rasgo distintivo en la personalidad de Ticha.” – escribió su hijo Oscar, dando ejemplos – “…no pudo ver con buenos ojos a un hijo adoptado. Incluso, muchos años después, cuando su hija, también Lety, quiso adoptar un niño, ella rechazó la idea. Iba contra su naturaleza. Para ella sólo había una forma de llevar su vida, la línea recta que ella misma trazaba. No aceptaba ni los divorcios, ni los hijos fuera de matrimonio, ni las uniones libres, ni nada que se saliera de lo que ella consideraba correcto”.

Con suntuosa ceremonia, contrajo matrimonio con Vicente, en 1936, no sin que antes sus atributos y juventud hubieran sido cortejados al parecer no pocas veces.  Según cuenta su hermano Antonio, cuando vivían en una vecindad en las calles de Uruguay, en la ciudad de México, Ticha tuvo un novio, Pepe Romo, estudiante de medicina, que se mereció ser recordado en las memorias de la familia, por haber reducido a Antonio la fractura de un brazo, con la particularidad de haberlo hecho sin anestesia alguna, lo que explica que Pepe y quizás también la madre de Pepe, hayan sido recordados por Antonio.

Oscar, su hijo, recordaba: “Cuando fue estudiante en el Conservatorio, en la carrera de Canto, tuvo un pretendiente, un estudiante de violonchelo, de nombre Teodoro Campos Arce. Ella le decía Teadoro Campos Arce, con lo que hacía volar a Teodoro. Cuando Leticia se recibió, ya estando casada con Vicente, dio un concierto en el Anfiteatro Bolívar. En la ceremonia, Vicente fue a sentarse en primera fila, con tan mal tino, que lo hizo junto a donde estaba Teodoro. Éste comentó que estaba ahí únicamente por escuchar a Leticia, a lo que Vicente le respondió airadamente que, a él, siendo orgulloso esposo de la laureada, lo había traído la misma causa.”

Esperamos que la biografía de Leticia se vea aquí enriquecida por aquellos que la conocieron y saben más de ella. Fue una mujer ejemplo de entereza, principios y fidelidad, que confrontó muchas adversidades, superó cuanto obstáculo encontró y logró sus objetivos más importantes en la vida, no obstante haber vivido poco menos de 54 años.

Leticia profesó un amor incondicional a su padre, con quien mantuvo una relación cariñosa a cuan más, no obstante que él, como los hermanos de Leticia, llevaron una vida muy alejada de lo que ella creyó debía haber sido. Dos de sus tres hijos viven, Leticia y Oscar, quienes, junto con otros, esperamos se animen a abundar en datos, anécdotas y descripción de nuestra querida Ticha.

Oscar escribió, hablando del regreso del viaje a Europa, que su madre anheló y logró: “Regresando a México, Leticia empezó a sentirse mal de la columna, seguramente por tanta caminada o por cargar las maletas. ¿Estaría dándole reumatismo?… nada de eso. Ese fue el principio del cáncer que se la llevaría en pocos meses. Vivió sólo cincuenta y tres años, pero logró sus objetivos. Una corta vida, pero razonablemente feliz, y se ahorró ver mucho que creo no hubiera sido de su agrado.”

Marco Antonio Peláez Díaz

👉🏼 fototeca de Marco Antonio Peláez Díaz 👈🏼

Marco Antonio, el del entrañable tiempo al que perteneció, al que se aferró con garras y ferocidad no vencidas

Marco Antonio, sexto de los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974), nació en la población de Nogales, en el estado de Veracruz, en México, el 17 de enero de 1917.

Sus hermanos, hijos de Carlota: Gudelia (1903-1988), Rebeca (1907-1908), Emilio (1908-2002), Octavio (1911-1964), Carlos (1912-1912), Leticia(1913-1967) y Francisco (1919-1951). También sus hermanos, hijos de Rosario Pérez Peláez (1897-1986): Olga (1921-_?_), Elsa (1924-_?_), Yolanda (1928-2011), Fabiola (1930-2013), Mireya (1932-1999), Marina (1934), Salvador (1937) y Ezquiel (1940).

En su vida, Marco Antonio fue llamado o conocido como Toño, Marco, Ingeniero, Antonio, compadre, Viejo y otros motes, apodos, alabanzas o insultos aquí obviados, unos por ignorancia u omisión y otros por recato.

Cuando Marco Antonio tenía dos años de edad, su familia, con él, se mudo de país – según puño y letra del que es motivo de este breviario biográfico – en un viaje que inició el 27 de enero de 1919, embarcándose en el navío “Monterrey”, de la Ward Line, el 11 de febrero siguiente, que finalmente los puso en el puerto de La Habana, Cuba, cuatro días después.

La misma familia – con un hijo más (Pancho nació en La Habana) pero sin Santiago, su padre, que distanciado de Carlota permaneció en Cuba – regresó a México el 31 de julio de 1920. Según las memorias de Marco Antonio, sabemos que el viaje de regreso, de Carlota e hijos a Veracruz, lo hicieron en la nave “México”, también de la Ward Line.

A su regreso de Cuba, Carlota y su prole – con los que Santiago se reuniría no más – se establecieron en Córdoba, en donde Marco Antonio cursó hasta el tercer año de primaria, ya que su madre, quizás siguiendo a su hijo mayor, volvió a levar anclas en 1927, llevándose el atillo con los suyos, esta vez en tren, a la Ciudad de México. Salvo en los periodos intermitentes en los que por trabajo, placer o aventura fue a otros lares, esa metrópolis sería el lugar en la que Marco Antonio habría de mantener su residencia y terminar sus días.

Por ese prodigio de memoria que le caracterizó, sabemos que su educación escolar fue, entre otras, en la escuela primaria “No. 90”, la secundaria “No. 1”, la “Escuela Superior de Construcción” y en el Instituto Politécnico Nacional, en el que completó sus estudios en el año de 1939, obteniendo de esa institución, años después, el título de Ingeniero en Estructuras. Cabe mencionar que, con un detalle asombroso, en las memorias que empezó a escribir por ahí de 1980 y en las que nos heredó la riqueza de sus vivencias, dejó escritos los nombres de sus compañeros de escuela y de trabajo, las ciudades y calles donde vivió, las actrices y actores, políticos, maleantes y benefactores de su época, haciendo pensar que a todas y todos los trajo en la piel, toda su vida.

Desde principios de los años treinta y hasta los ochentas del siglo XX, Marco Antonio trabajó quizás en todos los estados de la República Mexicana, para y con diversidad de personas, incluyendo incursiones en la autonomía, en una secuencia de variantes que parece haber obedecido más al azar que a plan alguno. Así él mismo recordó, entre más que aquí no mencionamos por brevedad intentada, entre aquellos con o para los que trabajó, podemos mencionar a sus hermanos Emilio, principalmente (e igual su mentor, rayano y antípoda, rencor y camarada), Octavio y Pancho, dependencias de gobierno y compañías constructoras varias, en algunas de la cuales fue copropietario.

En su vida de constructor, a la que su hermano mayor y el destino – por así llamarlo – lo incorporaron, Marco Antonio fue principalmente “caminero”. Los detalles y pormenores de su vida profesional han quedado en las memorias que escribió y a las que seguiremos haciendo referencia y utilizando en este sitio y experimento electrónico, que aquí compartimos con ustedes.

También detalladas están sus abundantes memorias amatorias, insertadas cuidadosa y cronológicamente en sus escritos. En el sinnúmero de amoríos y múltiples amores, Marco Antonio parece haber seguido también un derrotero fortuito, con un olfato para mujeres que él mismo evidenció, reconociendo que la trascendencia o intrascendencia de sus relaciones con ellas se debieron más a la suerte y acciones o desdenes de ellas, que a las de su propio y libre albedrío.

Así, dijo haberse enamorado perdida e irremediablemente de Berta Linares Tarango, “…amor que duró lo que una guerra…” (siendo esta la Segunda Mundial), pero del que, aún años después, dijo no haberse recuperado -, y luego contrajo nupcias con Josefina Olivares Piña (1921-2009), e hizo familia con ella y también con Alicia Parera Carrera (1924-2017), en una clandestinidad que acabó no bien, y con una simultaneidad de casi cuarenta años que, por común en su lugar y tiempo, por periodos pareció tolerada o hasta pasó desapercibida, pero no por eso dejó de ser controversial y lastimó a muchas y muchos, dejando surcos y estelas que más de uno siguen todavía tratando de remontar.

En orden cronológico de los nacimientos de sus sucesores, los Peláez de Alicia fueron Fernando (1945), Octavio (1954) y Adela (1957), y los Peláez de Josefina fueron Yolanda (1944), Patricia (1948) y Francisco (1949).

Antonio fue de su tiempo, y de lo que en él sucedió se nutrió ávidamente. De manera autodidacta, se aficionó a la historia de México devorando libros, con voracidad que le acompañó desde su infancia.

El de esta biografía acumuló un acervo cultural y un conocimiento de su país y su historia, que fueron juzgados por los que le estuvieron cerca como unos muy por encima de los de alguien razonablemente educado, pero que él mismo menospreció, con una modestia de dudable credulidad.

Sus lecturas y el gozo de algunas de sus vivencias y memorias, a diferencia de su carrera profesional o vida amorosa, fueron de su completa elección e intensamente deliberadas. De entretenimiento cautivante fue el oirlo platicar de sus gustos por lo que leyó o leía y por lo que vivió o vivía (esto último cuando la audencia fue de resiliencia y criterio amplios y tolerantes).

Entre las empresas que sí eligió, estuvo la de ser caballista en el Hipódromo de la Américas. Por ahí de los años sesentas; así, por nada más que por gusto, compró y también crió caballos así llamados pura sangre. Como la de ser contratista en los años 50’s, 60’s y 70’s, y las de terrateniente y casero en varias épocas, las empresas que emprendió se diluyeron en esa inhabilidad para conservar bienes que caracterizó tanto a él como a sus hermanos. Existe la posibilidad que, al contrario, estos hayan tenido la habilidad inescrutable de desahcerse del peso de haberes, para volar mejor…

Marco Antonio, amante de animales e innato labrador de cariños y bondad, pero también de escarceos amorosos, mantuvo una fidelidad (que no necesariamente dedicación) incorruptible e incondicional a sus hijos y amigos. Aunque quizás la máxima y confesa de sus fidelidades fue la incondicional que le tuvo a su madre, la única entre las mujeres en su vida (y no), de la que se sabe él estimó de inmaculada reputación.

Poseedor de miles de libros, sigue debatíendose si fue agnóstico, apóstata o incrédulo, pero selectivo fue con las supersticiones que eligió adoptar – creyente y buscador de las séptimas coincidencias, a las que se consideró sentenciado – Dió y bebió algunas hieles, mismas que llegó a rumiar; fue carismático como el que más y, hasta el final, amante de la música, el festejo y el buen vestir, comer y beber. Tahúr no pareció, pero jugador fue; de naipes, amigos y tabaco fueron muchas de sus noches y amaneceres, mientras tuvo qué apostar.

“… le aburre, sólo el humo del tabaco simula algunas formas en su frente…”

Marco Antonio fue un mestizo, amante de y amado igual por aborígenes, criollos e invasores, sabedor de mucho, capaz de repetir de memoria sus versos preferidos – la poesía fue compañera a la que sus amantes deben haber tenido envidia – que supo bien de dónde vino y, en ocasiones, pareció haber preferido no elegir a donde ir. Sus silencios llegaron a decir más que sus palabras; vivió los últimos veinte años de su vida sedentario, inconforme con la bocana a la que llegó el río, pero en un cómodo fatalismo, que para su suerte y por su habilidad de sustentarlo con la ayuda y el cuidado de quienes le rodearon, le dio también ratos en los que hasta un dulce le pareció “un poema” (murió siendo un declarado auto-diabético).

Marco Antonio Peláez Díaz dejó de existir el 7 de octubre de 2005, en Naucalpan, Estado de México, en la vecindad de su domicilio, habiendo dejado la huella indeleble de su personalidad, una ya mermada y dañada biblioteca, sus manuscritos de atesorar, y un vacío que quizás se olvide, pero al que no habrá cómo llenar.

Quienes lean habrán de enriquecer este bosquejo biográfico, con lo que de él supieron. Que así sea…

Santiago Peláez Galán

 

Tercer hijo de Juan Emilio Peláez Pino y de María Galán Dominguez, Santiago nació en Veracruz el 8 de agosto de 1882. Sus dos hermanas mayores murieron en la infancia – Carmen Carlota Micaela (1878-1878) y María Araceli (1881-1888). No tenemos más datos de ellas. Así, Santiago resultó «el primogénito» de quienes llegaron a edad adulta, él, Santiago (1882-1948), Manuel (1883- ?), Pastora (1884-?) y Juan Antonio Benito (1885-1930). Dado que sus padres se establecieron en Orizaba, Veracruz, presumimos que pasó sus primeros años en esa ciudad.

Como escribió Yolanda, su hija, poco se sabe de su infancia. También escribió que él y sus hermanos fueron internados «en algún colegio», después de que su padre, J. Emilio, viudo de María Galán, iniciara su vida con María Álvarez, y que, ya en su adolescencia, regresaron a vivir con su padre. Santiago fue Contador Público de profesión.

En su Rescatando Nuestro Pasado, Yolanda nos dice que, cuando Santiago tenía diez y seis años, nació su primer hijo, que «siendo muy jovencito, perdió la vida al atropellarlo un tranvía». Marco Antonio Peláez Díaz menciona a ese primer hijo de Santiago como Fernando, sin más.

Sin contar con las fechas, pero al parecer después de ese primer hijo, de cuya madre no contamos con información, Santiago y Altagracia Contreras Morales procrearon a Magdalena Peláez Contreras, pero, según parece, no hicieron vida juntos.

Dándole colorido a su vida, en el que pudo haber sido su primer trabajo, en su juventud, Santiago, según relata su hija Yolanda, tuvo amoríos con la esposa del dueño del negocio, lo que le causo una herida de bala y problemas legales que le privaron de su libertad; fue en ese tiempo en el que recibió la noticia del fallecimiento de su padre, Juan Emilio Peláez Pino.

En 1906 ó 1907, Santiago y Carlota Díaz García iniciaron vida juntos, de quienes nacieron siete hijos, de los cuales cinco llegaron a edad adulta: Emilio, Octavio, Leticia, Marco Antonio y Francisco. Rebeca y Carlos murieron siendo niños.

En 1920, después de haber pasado un tiempo en La Habana, Cuba, donde nació Francisco, Carlota y Santiago se separaron para siempre. Ese año, Carlota y sus hijos regresaron a México; Santiago lo haría hasta 1922.

Por ahí de 1930, Santiago y Rosario Pérez Peláez iniciaron lo que fue el resto de la vida de Santiago. De su vida juntos, nacieron Yolanda, Fabiola, Mireya, Marina, Salvador y Ezequiel.

Rotario y ávido lector de Camille Flammarion y Helena Blavatsky, más ha de aparecer de él en este sitio, ya por transcripción de lo que sus hijos, Yolanda Peláez Pérez y Marco Antonio Peláez Díaz, nos heredaron o por contribuciones de otras y otros, que esperamos completen y enriquezcan la biografía de Santiago Peláez Galán.