Mi hermano El Pato

Fototeca de Emilio «El Pato Peláez»

En la vida aprendí que la consanguinidad no basta para clamar la fraternidad, es necesaria esa amistad que engendra el amor o ese amor que engendra la amistad. Emilio Peláez Vega, apodado “El Pato” por la forma de su boca, fue primero mi amigo y luego mi hermano.

Debí de haber tenido diez u once años cuando descubrí los lazos que debían de unirme al Pato por el resto de mi vida.

Un buen día, Pato llego llevando bajo su brazo derecho u montón de discos (los long play de aquella época) y en la mano izquierda una flamante guitarra. Yo salía en aquella época de una hepatitis aguda y para mantenerme en cama, mi mamá me había comprado discos y libros mientras que mi hermana Lourdes me había ofrecido un flamante tocadiscos.

Todas estas cosas se encontraban en mi habitación en donde el tocadiscos y un escritorio de dibujo ocupaban la mitad de su superficie y allí, empezó una serie de encuentros que me hicieron descubrir a un personaje que habría de convertirse en mi verdadero hermano, en mi amigo y en mi cómplice de más de una diablura. Puesto que Pato no vivía con nosotros, y dado que trabajaba con mi papá, sólo nos visitaban de vez en cuando y yo siempre estaba ávido de verlo de nuevo.

Los años pasaron y cuando cumplí quince años, un buen día llegaron Pato y mi papá a bordo de un automóvil Renault rojo que era una verdadera carcacha pero que, en cuanto me dijeron que se trataba de un regalo para mí, se transformó frente a mis ojos (como la carroza de la cenicienta) en un flamante bólido cósmico. Aunque mi papá reclamó la autoría del regalo, después me enteré que el bólido era propiedad del Pato.

Un año después, Pato dejó de trabajar con mi padre y se compró un camión de remolque marca Dina-Fiat. Pato, quien entonces tenía 26 o 27 años, se transformó en piloto (que no chofer) de ese vehículo que, como mi Renault, era para él y por ende para mí, una máquina maravillosa.

Poco después llegó 1968 con todas sus calamidades sociales y yo dejé de estudiar durante muchos meses. Esta situación me permitió frecuentar al Pato más seguido y subirme al Dina con él e incluso manejarlo. Este Dina nos permitió vivir algunas anécdotas, como auel día que Pato llego a la casa con un Atún al hombro:

El año siguiente, Pato se casó con una vecina nuestra Martha Guerrero Estrada y al más puro estilo del Pato, me invitó a ser testigo de su boda civil, sólo que yo era aún menor de edad y no tenía derecho de fungir como testigo, pero sí de fingir como tal y mediante turbios trámites del Pato, allí estuve presente (una vez más cómplice) y si, testigo de un amor que habría de durar para siempre, sólo la súbita muerte de Martha más de tres décadas después interrumpió su convivencia, pero no su amor.

En uno de esos saltos cuánticos de la vida, en 1971 yo decidí irme de casa y viajar por el mundo. Pato y mi papá me llevaron a la estación de autobús y me ofrecieron un boleto hasta Tapachula en Chiapas. No habría de volver de ese viaje sino hasta 1975. Pato vivía en Tehuacán en el Estado de Puebla y yo me inscribí en la universidad. Frecuentes domingos fueron nuestros, ya fuese en Tehuacán o en la ciudad de México y a la guitarra y la música se sumó otros cómplices legendarios: el tequila y el Bacardí.

En 1979, me enamoré de la que fuera más tarde la madre de mi hijo y la razón de mi emigración a Canadá. Mi relación con Pato se transformó en un fantástico epistolario que conservo como un tesoro en mis archivos.

Una vez más los desaciertos me llevaron a regresar a México en 1985, el 12 de octubre. Un poco después del catastrófico terremoto. Allí estaba Pato con los brazos abiertos.

Unos meses después de mi llegada, fundamos una compañía de desarrollo de programas informáticos. Mi mamá había fallecido un año antes y yo ocupaba la que fue su casa. La transformamos e hicimos nuestra oficina allí. Locos e inexpertos, llevamos la compañía al fracaso en poco tiempo pero… ¡nos divertimos como enanos!  

En esa época, Pato escribía en el periódico “Sin barreras” de Tehuacán bajo el pseudónimo Ajiro San. Sus artículos eran el reflejo de la forma de ver la vida de mi querido hermano: El sentido del humor, el cual ha cultivado asiduamente durante toda su vida. Recientemente publicó un libro con sus cuentos y su sentido del humor.

Cuando viví en Canadá experimenté el milagro de procrear un hijo, mi hijo Dimitri; cuando regresé a México separado de su madre, Dimitri venía a verme todos los veranos y algunas navidades. Estando trabajando en nuestra empresa, decidimos llevar a Dimitri de regreso a Canadá en una camioneta Pick-up que Pato tenía en aquel entonces, y es así como vivimos una aventura más, un viaje de ida y vuelta Mexico-Montreal-Mexico, algo así como 8,000 kilómetros de pura diversión.

Podría extender esta narración durante muchas páginas pero no es el objeto de estas líneas. Quizá más tarde escriba otros capítulos de esta historia. Por el momento me limito a decir que Pato es uno de los personajes más importantes de mi vida.

¡Un tipazo! Como decía mi madre.

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