Querida mamá.
De la misma forma en que, cuando visité a mi tía Gudelia en su lecho de muerte me dijo: “si ves a tu mamá, salúdala de mi parte” y viendo que yo guardaba silencio me aclaró “ya sé que está muerta, pero si la ves en tus sueños, salúdala de mi parte”, es que hoy te escribo estas líneas.
Ya sabes, te lo dije en alguno de tus aniversarios luctuosos “Lo que en la tierra —donde una parte de tu ser reposa— sepultaron los hombres, no te encierra; porque yo soy tu verdadera fosa. Y recurrentemente esa parte de mi que eres tu, y que vive en mi alma, se ampara de mi espíritu desafiando al tiempo, o a ese misterio que desde tu muerte nos separa, pero no nos aleja y te hace presente y me permite escribirte con la esperanza de que puedas leerme.
No me engaño, o por lo menos eso creo, se que al dirigirme a ti me dirijo a esa parte de mi que eres tú, pero eso me basta.
No estoy seguro de añorar esa ignorancia que cándidamente llamábamos la paz y que maquillaba el miedo o la incertidumbre cotidiana, apenas disfrazada con la dignidad inflexible con que vivías cada uno de tus días y que desafortunadamente no aprendí, no heredé. Lo que si heredé es esa certeza de que nuestro pasado es más seguro que nuestro presente. No insistiré mucho en esto ya que, si vivir es difícil, es aún más difícil narrarlo con el engañoso lenguaje escrito.
Más de la mitad de mi vida la he vivido sin ti y cuando me pregunto en qué me he convertido, lo primero que me viene a la cabeza es: en un huérfano. Ningún gozo, ninguna felicidad ha logrado adelgazar tu ausencia ni la nostalgia que ella me provoca. El pasado sigue siendo más seguro que el efímero e incomprensible presente.
Tu muerte nos separó y la mía no nos reunirá, por eso, ese lugar cuyo entorno es la imaginación el sueño y el recuerdo y en donde el tiempo no puede ejercer su devastadora influencia, seguirá siendo nuestro verdadero hogar.
Me diste la vida, me desprendí de la tuya carnal y espiritualmente. Digo esto porque indudablemente siempre estuve en ti y papá vino a despertar la alquimia del amor para que pudiese desprenderme de tu cuerpo sin que anímicamente nos fragmentásemos. La vida mamá, es más que la fisiología y el espíritu (es decir la razón), la vida es también el alma, pero esta es tan perecedera como el cuerpo y el espíritu.
Cuando digo que tu muerte nos separó y la mía no nos reunirá (frase que le robé a Simone de Beauvoir refiriéndose a la muerte de Sartre) lo que quise afirmar es que el mito de la eternidad y sobre todo la eternidad del alma, nunca ha encontrado asilo en mi espíritu que es el único instrumento que tengo para entender el mundo.
Hoy le hago un mínimo homenaje a papá – Aquel que llevaba en su maleta todo lo que poseía- como tu decías; se lo hago tomado de la mano de este nuevo hermano que fue mi primo y que la alquimia de la amistad transformó en mi hermano, Pancho Peláez Olivares, hijo de nuestro añorado Antonio, mi tío y tu cuñado y amigo. Pero un homenaje a papá no te puede excluir puesto que nací de ustedes dos y porque su paso por nuestras vidas (la tuya y la mía y la de todos los que tocaba -como Midas el oro- como un incontenible huracán nos transformó a todas y todos moviendo nuestros destinos y esculpiendo nuestras realidades.
A veces gracias a él y frecuentemente a pesar de él tejimos nuestras vidas durante muchos años. Gracias a él leimos el Quijote, el Sócrates de René Kraus, Las ruinas de Palmira del conde de Volney, el San Pablo de Ernesto Renán, los cien años de Soledad de García Márquez o Mis primeros dos mil años de Viereck y Eldrige … y tantos más.
También conocimos México tomados de su mano ¿recuerdas? Sería inútil describir aquí todas esas vivencias en donde parecía que nos llevaba a conocer los caminos que él había recorrido muchas veces antes.
Me contabas con emoción (a pesar de que habían pasado los años, muchos de ellos) que cuando te besó por primera vez te desmayaste y que el primer reloj de tu vida él te lo dio. Quizá como nadie, fui testigo de ese amor, que nunca supieron destruir ni el rencor ni las desavenencias de sus locuras.
No todo fue bueno ya sé, las tormentas y los tormentos que provocó su inestabilidad emocional fueron numerosos…
En ese movimiento pendular entre el paraíso perdido y el paraíso encontrado y vuelto a perder, se trenzaron nuestras vidas y con ellas la huella indeleble del amor
Tu hijo
Víctor