Por Emilio (El Pato) Peláez Vega
El aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ese universo que se reinventa diariamente. ¿Cuántas personas partirán de aquí? ¿Cuántas personas llegarán aquí. ¿Cuántas historias enlazadas o por aparte se podrían narrar de estas hordas viajeras?
Esas preguntas se hacía él, acodado en un balcón que miraba hacia las salas principales de ese ente vivo que es el aeropuerto.
Había llegado apenas, maleta pequeña en mano, como siempre, de su vuelo a Guadalajara a donde fue a ver a su hija Laura, de la cual estuvo separado varios años por pleitos y malentendidos y razones que… pero eso ya no venía al caso. Toda esa época negra al fin había terminado. Allá conoció apenas a su último nieto, Emilio, de su mismo nombre; y Laura lo bautizó así a pesar del distanciamiento. Eso lo enterneció hasta las lágrimas, que no pudo evitar allá mismo.
Siguió contemplando hacia abajo las multitudes cuando… ¡la vio! ¿Cómo la distinguió a pesar de tanta gente? Nunca lo supo, pero así sucedió. Entonces ella alzó su mirada, que se cruzó con la de él y algo mágico sucedió. Sucedió que… toda la gente desapareció quedando solamente ella y él en todo este escenario. Sin saber por qué, él empezó a descender hacia la sala… «¿romance habemus?», se preguntó, pero enseguida se dio cuenta que no eran en ese sentido las cosas.
Era una mujer guapa y elegante de edad indefinida; vestía de negro y se coronaba con un sombrero adecuado a su vestimenta. Al ir bajando sintió que la conocía de siempre; con una rara mezcla de sentimientos. Pero ¿de dónde?, se dijo.
Llegando junto a ella, la mujer le dijo, con una voz armoniosa y grave, que denotaba calma
– Hola Emilio , ya estoy aquí.
La miró extrañado y entonces, como un vendaval, en su mente entró la razón. Sí, era ella ¡La Muerte, la Parca, la inevitable! Con escalofrío la recordó en masculino, como el personaje de Macario de Traven y no el de Rulfo.
«No sé por qué te alarmas Emilio» – dijo ella – «tú me mencionas con frecuencia, casi cotidianamente»…
Y sí, la mencionaba casi a diario, de un modo o de otro, desde siempre.
-¿Y por qué ahora? – le dijo – ahora que yo pensaba irme a vivir a Guadalajara, como acordé con Laura; ¿porqué ahora mi muerte?
– Así es la vida – respondió lacónicamente.
– ¡Ya podrías usar otro juego de palabras!. Ese es exageradamente irónico
– Emilio- dijo ella- como tú sabes, esto no es cosa mía, yo también recibo órdenes de Él.
La mente de Emilio era una vorágine, entró en pánico.
– ¡No! – gritó – tú no puedes hacerme esto ahora. ¡Me niego a seguirte!
Y corrió por los enormes pasillos vacíos; encontró un baño al que entró corriendo. Ya dentro, miró su cara demudada, reflejada en un espejo; entró en un reservado y cerró, casi temblando.
Como por un ensalmo, ella estaba de pie, frente a él y haciendo un gesto mínimo y, señalándolo, hizo que él sintiera un obscurecimiento profundo… cada vez más profundo…
«¿Esto es la muerte, el fin? ¿Por qué sigo consciente?» Se preguntaba mentalmente. «No entiendo por qué es así, no tiene lógica, vamos, no es congruente. Y el famoso Juicio Supremo, ¿en dónde está?»
Esto siguió así cuando, en un momento extraño él, percibió una luz, como una salida, y se acercaba… se acercaba cada vez más.
De repente salió. Unas voces dijeron: ¡Es un niño!
Después, unas risas y hasta algunos aplausos. Sí, estaban en un baño similar al otro del aeropuerto.
Lo envolvieron en una chamarra de estilo militar.
Una pareja, hombre y mujer, con un micrófono en la mano y una cámara de video le decían a un uniformado en mangas de camisa:
«¿Qué pasó oficial, cómo auxilió a esta mujer?»
– Pues ya ve, señito, simplemente, ella vino a aliviarse aquí y yo, sin saber de estos chismes, la ayudé y ya ven, aquí está la criatura.
– Cuál es su nombre, señor policía?
– Pues me llamo Emilio, seño.
Y a la recién aliviada: «Señora, ¿por qué no le pone ese nombre al niño, como agradecimiento?».
– Claro que me gustaría – dijo la mujer aún exhausta – así le pondré.
Entre los curiosos asomó el rostro de la mujer de negro. Su mirada y la del niño se cruzaron por un instante, ella esbozó una enigmática sonrisa y siguió su camino.
El niño volteó su cara y se olvidó en seguida de ella. Estaba muy ocupado naciendo.
Unos Emilios se van, otros Emilios llegan.
El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México… ¿cuántos partirán de aquí, cuántos llegarán aquí?…