Marco Antonio Peláez Díaz

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Marco Antonio, el del entrañable tiempo al que perteneció, al que se aferró con garras y ferocidad no vencidas

Marco Antonio, sexto de los hijos procreados por Santiago Peláez Galán (1882-1948) y Carlota Díaz García (1883-1974), nació en la población de Nogales, en el estado de Veracruz, en México, el 17 de enero de 1917.

Sus hermanos, hijos de Carlota: Gudelia (1903-1988), Rebeca (1907-1908), Emilio (1908-2002), Octavio (1911-1964), Carlos (1912-1912), Leticia(1913-1967) y Francisco (1919-1951). También sus hermanos, hijos de Rosario Pérez Peláez (1897-1986): Olga (1921-_?_), Elsa (1924-_?_), Yolanda (1928-2011), Fabiola (1930-2013), Mireya (1932-1999), Marina (1934), Salvador (1937) y Ezquiel (1940).

En su vida, Marco Antonio fue llamado o conocido como Toño, Marco, Ingeniero, Antonio, compadre, Viejo y otros motes, apodos, alabanzas o insultos aquí obviados, unos por ignorancia u omisión y otros por recato.

Cuando Marco Antonio tenía dos años de edad, su familia, con él, se mudo de país – según puño y letra del que es motivo de este breviario biográfico – en un viaje que inició el 27 de enero de 1919, embarcándose en el navío “Monterrey”, de la Ward Line, el 11 de febrero siguiente, que finalmente los puso en el puerto de La Habana, Cuba, cuatro días después.

La misma familia – con un hijo más (Pancho nació en La Habana) pero sin Santiago, su padre, que distanciado de Carlota permaneció en Cuba – regresó a México el 31 de julio de 1920. Según las memorias de Marco Antonio, sabemos que el viaje de regreso, de Carlota e hijos a Veracruz, lo hicieron en la nave “México”, también de la Ward Line.

A su regreso de Cuba, Carlota y su prole – con los que Santiago se reuniría no más – se establecieron en Córdoba, en donde Marco Antonio cursó hasta el tercer año de primaria, ya que su madre, quizás siguiendo a su hijo mayor, volvió a levar anclas en 1927, llevándose el atillo con los suyos, esta vez en tren, a la Ciudad de México. Salvo en los periodos intermitentes en los que por trabajo, placer o aventura fue a otros lares, esa metrópolis sería el lugar en la que Marco Antonio habría de mantener su residencia y terminar sus días.

Por ese prodigio de memoria que le caracterizó, sabemos que su educación escolar fue, entre otras, en la escuela primaria “No. 90”, la secundaria “No. 1”, la “Escuela Superior de Construcción” y en el Instituto Politécnico Nacional, en el que completó sus estudios en el año de 1939, obteniendo de esa institución, años después, el título de Ingeniero en Estructuras. Cabe mencionar que, con un detalle asombroso, en las memorias que empezó a escribir por ahí de 1980 y en las que nos heredó la riqueza de sus vivencias, dejó escritos los nombres de sus compañeros de escuela y de trabajo, las ciudades y calles donde vivió, las actrices y actores, políticos, maleantes y benefactores de su época, haciendo pensar que a todas y todos los trajo en la piel, toda su vida.

Desde principios de los años treinta y hasta los ochentas del siglo XX, Marco Antonio trabajó quizás en todos los estados de la República Mexicana, para y con diversidad de personas, incluyendo incursiones en la autonomía, en una secuencia de variantes que parece haber obedecido más al azar que a plan alguno. Así él mismo recordó, entre más que aquí no mencionamos por brevedad intentada, entre aquellos con o para los que trabajó, podemos mencionar a sus hermanos Emilio, principalmente (e igual su mentor, rayano y antípoda, rencor y camarada), Octavio y Pancho, dependencias de gobierno y compañías constructoras varias, en algunas de la cuales fue copropietario.

En su vida de constructor, a la que su hermano mayor y el destino – por así llamarlo – lo incorporaron, Marco Antonio fue principalmente “caminero”. Los detalles y pormenores de su vida profesional han quedado en las memorias que escribió y a las que seguiremos haciendo referencia y utilizando en este sitio y experimento electrónico, que aquí compartimos con ustedes.

También detalladas están sus abundantes memorias amatorias, insertadas cuidadosa y cronológicamente en sus escritos. En el sinnúmero de amoríos y múltiples amores, Marco Antonio parece haber seguido también un derrotero fortuito, con un olfato para mujeres que él mismo evidenció, reconociendo que la trascendencia o intrascendencia de sus relaciones con ellas se debieron más a la suerte y acciones o desdenes de ellas, que a las de su propio y libre albedrío.

Así, dijo haberse enamorado perdida e irremediablemente de Berta Linares Tarango, “…amor que duró lo que una guerra…” (siendo esta la Segunda Mundial), pero del que, aún años después, dijo no haberse recuperado -, y luego contrajo nupcias con Josefina Olivares Piña (1921-2009), e hizo familia con ella y también con Alicia Parera Carrera (1924-2017), en una clandestinidad que acabó no bien, y con una simultaneidad de casi cuarenta años que, por común en su lugar y tiempo, por periodos pareció tolerada o hasta pasó desapercibida, pero no por eso dejó de ser controversial y lastimó a muchas y muchos, dejando surcos y estelas que más de uno siguen todavía tratando de remontar.

En orden cronológico de los nacimientos de sus sucesores, los Peláez de Alicia fueron Fernando (1945), Octavio (1954) y Adela (1957), y los Peláez de Josefina fueron Yolanda (1944), Patricia (1948) y Francisco (1949).

Antonio fue de su tiempo, y de lo que en él sucedió se nutrió ávidamente. De manera autodidacta, se aficionó a la historia de México devorando libros, con voracidad que le acompañó desde su infancia.

El de esta biografía acumuló un acervo cultural y un conocimiento de su país y su historia, que fueron juzgados por los que le estuvieron cerca como unos muy por encima de los de alguien razonablemente educado, pero que él mismo menospreció, con una modestia de dudable credulidad.

Sus lecturas y el gozo de algunas de sus vivencias y memorias, a diferencia de su carrera profesional o vida amorosa, fueron de su completa elección e intensamente deliberadas. De entretenimiento cautivante fue el oirlo platicar de sus gustos por lo que leyó o leía y por lo que vivió o vivía (esto último cuando la audencia fue de resiliencia y criterio amplios y tolerantes).

Entre las empresas que sí eligió, estuvo la de ser caballista en el Hipódromo de la Américas. Por ahí de los años sesentas; así, por nada más que por gusto, compró y también crió caballos así llamados pura sangre. Como la de ser contratista en los años 50’s, 60’s y 70’s, y las de terrateniente y casero en varias épocas, las empresas que emprendió se diluyeron en esa inhabilidad para conservar bienes que caracterizó tanto a él como a sus hermanos. Existe la posibilidad que, al contrario, estos hayan tenido la habilidad inescrutable de desahcerse del peso de haberes, para volar mejor…

Marco Antonio, amante de animales e innato labrador de cariños y bondad, pero también de escarceos amorosos, mantuvo una fidelidad (que no necesariamente dedicación) incorruptible e incondicional a sus hijos y amigos. Aunque quizás la máxima y confesa de sus fidelidades fue la incondicional que le tuvo a su madre, la única entre las mujeres en su vida (y no), de la que se sabe él estimó de inmaculada reputación.

Poseedor de miles de libros, sigue debatíendose si fue agnóstico, apóstata o incrédulo, pero selectivo fue con las supersticiones que eligió adoptar – creyente y buscador de las séptimas coincidencias, a las que se consideró sentenciado – Dió y bebió algunas hieles, mismas que llegó a rumiar; fue carismático como el que más y, hasta el final, amante de la música, el festejo y el buen vestir, comer y beber. Tahúr no pareció, pero jugador fue; de naipes, amigos y tabaco fueron muchas de sus noches y amaneceres, mientras tuvo qué apostar.

“… le aburre, sólo el humo del tabaco simula algunas formas en su frente…”

Marco Antonio fue un mestizo, amante de y amado igual por aborígenes, criollos e invasores, sabedor de mucho, capaz de repetir de memoria sus versos preferidos – la poesía fue compañera a la que sus amantes deben haber tenido envidia – que supo bien de dónde vino y, en ocasiones, pareció haber preferido no elegir a donde ir. Sus silencios llegaron a decir más que sus palabras; vivió los últimos veinte años de su vida sedentario, inconforme con la bocana a la que llegó el río, pero en un cómodo fatalismo, que para su suerte y por su habilidad de sustentarlo con la ayuda y el cuidado de quienes le rodearon, le dio también ratos en los que hasta un dulce le pareció “un poema” (murió siendo un declarado auto-diabético).

Marco Antonio Peláez Díaz dejó de existir el 7 de octubre de 2005, en Naucalpan, Estado de México, en la vecindad de su domicilio, habiendo dejado la huella indeleble de su personalidad, una ya mermada y dañada biblioteca, sus manuscritos de atesorar, y un vacío que quizás se olvide, pero al que no habrá cómo llenar.

Quienes lean habrán de enriquecer este bosquejo biográfico, con lo que de él supieron. Que así sea…

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